Filosofía contra el sentido común, Vol. II

Revista de difusión de filosofía

Prólogo

La idea original del proyecto es hacer un libro de bolsillo de difusión de la filosofía conformado por pequeñas reflexiones más del lado de la diversión, el divague y lo más cercanas a ideas de la cultura popular que se pueda, para mostrar a todas las personas que no saben algo de filosofía cómo es la estructura lógica que empleamos para desarrollarnos filosóficamente, quitando el denso armazón académico y la problemática de un lenguaje relativamente especializado; es decir, queremos hacer un texto amigable para las personas ajenas a la filosofía para que puedan ver el proceso de reflexión que efectuamos y algunas de sus características.

En pocas palabras, queremos mostrarles que la filosofía no son frases llamativas, sino que es el proceso entero de ver un problema, pensar y luego proponer una solución que nos deje una sensación de “No lo había pensado de ese modo”.

Índice

Introducción: ¿Qué hay en estas hojas?
Tiempo libre.
La utilidad de hablar con una pared.
Cuando la identidad le quitó la libertad a Tarzán.
Cuando llevas los sentimientos de tus conocidos contigo.
¿Qué es la libertad?
Tristeza y felicidad en el arte.
¿Dónde sientes ira?
Sobre el caos de la organización en las sociedades.
¿Cuáles son las preguntas que, por ser humanos, nunca nos abandonarán?
¿Qué tan abstractamente nos han educado?
Cuando la realidad es una sopa instantánea.
¿Cuánto quieres que valga tu madre?
El poder psíquico del dinero.
¿Cuándo el niño que gritaba “Lobo” deja de mentir?
La tristeza y la pobreza de la música de banda.
Lo que el tío Iroh quería enseñarle al príncipe Zuko.
Dime qué vas a hacer cuando seas grande.
¿Qué queremos decir cuando decimos que algo es claro?
¿Y si la objetividad tiene las mismas cosas malas que la subjetividad?
Nosotros y el entorno.
Es distinto la vida como humano que como usuario.
¿Cuánto vale nuestro tiempo?
El principio de individuación en la filosofía felina.
¿Por qué dormir temprano se ha vuelto tan difícil?
Agradecimientos y Referencias: De aquí sacamos algunas ideas.

¿Qué hay en estas hojas?

Todo el proyecto está conformado de pequeños ensayos que los estudiantes de la licenciatura de filosofía han ofrecido amablemente para compilarlos en este segundo volumen.

Los trabajos son de alrededor de media a dos cuartillas de extensión, por lo que no se debe de sentir presión por que sean muy largos. Además, si bien en general los textos no tienen un lenguaje muy especializado, de cualquier forma están ordenados para encontrarse primero los más simples y eventualmente ir conociendo los más pesados.

Todas las reflexiones tratan de dar muestra de cómo la filosofía puede encontrar un problema en la cotidianidad y cómo lo desarrolla, ya sea que únicamente ponga en evidencia que hay un problema que nadie había reconocido, o que se haga un análisis completo del cómo, cuándo, dónde y por qué.

En general estos ensayos nacieron entre el deseo de hacer cosas divertidas y que funcionen como datos curiosos, así que siempre puede leer estos trabajos como una forma de divague interesante y no tanto como algo muy complicado. Le prometemos que al menos uno de estos escritos le dará algo curioso que podrá compartir con sus conocidos en alguna reunión.


Título del trabajo: Tiempo libre.  
Autor: Liuva Sustaita.

Veo que muchas personas saben exactamente qué hacer con su tiempo libre. Yo soy muy malo en este asunto: todo lo que hago me deja más cansado que antes. A veces miro una película y al terminar de verla siento la presión de no haber hecho nada. ¿Una culpa? No lo sé. Pero no me siento mucho más relajado que antes. Unas prolongadas vacaciones me hacen sentirme inútil y la vida pierde sentido, como una flor que se marchita pierde su aroma, o como una noche que se ha prolongado mucho tiempo pierde la belleza de sus estrellas. Entonces el tiempo libre se vuelve un lastre y deseo regresar a la rutina, al haz esto y haz aquello, al debo apresurarme y acabar. Es por eso que he encontrado la manera de pasar ese tiempo libre en el estudio de la música, de los idiomas, en las charlas con amigos. Cosas que sin embargo se pueden volver enfadosas, como las demás. Y entonces necesito un descanso del descanso. ¿Cuál es el verdadero tiempo libre?

Título del trabajo: La utilidad de hablar con una pared.   
Autor: Milton R. Valtierra.

Siempre me comentaron que hablar con una pared era dos posibles cosas: o era una pérdida de tiempo, o era una expresión para referirse a que alguien está efectuando una acción inútil. Sin embargo, hoy me encontré con una posible perspectiva en la que hablar con una pared en realidad era enriquecedor, y esto se debe a la misma dinámica de la conversación. Al hablar con una persona no tenemos previsto con mucha puntualidad qué diremos, sino que incluso podríamos decir que al hablar con alguien estamos viendo “qué ideas podemos sacar”; al hablar estamos desarrollando nuestras ideas bajo una estructura coherente, en este caso es la estructura de sentido de una historia: inicio, desarrollo y conclusión. Y lo interesante es que en este desarrollo narrativo la persona con la que hablamos no altera directamente nuestras ideas, eso ocurre cuando queremos saber qué opinión tiene la otra persona, pero cuando queremos plantear una nueva idea, de hecho, esta actividad es perfecta para eso, para organizar nuestras propias consideraciones en algo coherente o más estructurado. Así, al “hablar con una pared” podemos ir desarrollando nuestras ideas por este mismo proceso, podemos descubrir nuevos planteamientos sobre cualquier tema simplemente por “hablar con una pared”, lo que también puede traducirse a simplemente decir en voz alta nuestras ideas siguiendo la lógica de la narrativa o de una explicación coherente.

Título del trabajo: Cuando la identidad le quitó la libertad a Tarzán.  
Autor: Milton R. Valtierra.

En algún momento recordaba la película animada de Disney de “Tarzán” y le comentaba a algunos amigos que me parecía muy divertido cómo cuando Tarzán vive con los gorilas, al no reconocerse como uno de ellos, aprendió de todos los otros animales técnicas para su vida, como podría ser que aprendiera llaves enfrentando boas, sobre objetos cortantes al ver al rinoceronte, a columpiarse en las lianas al ver a los lémures, etc., y que en ese conocimiento nunca tuvo el problema de no deber o deber hacer cosas, ya que cuando enfrenta al leopardo no ve a mal tomar la decisión de haberlo matado y presumir de su victoria enfrente de los otros gorilas.

Sin embargo, cuando conoce a otros humanos y se identifica con ellos, mientras aprende sus costumbres e ideas, también decide actuar como ellos, llegando el punto en que, cuando enfrenta al cazador Clayton, decide no matarlo por “no querer ser como él”. Así, me parecía bien curioso que, cuando Tarzán no sabía que especie o animal era, nunca tuvo problemas para aprender de todos y comportarse como mejor le convenía para una situación, y cuando se identifica como humano decide seguir ciertos actos y evitar otros para “ser como los humanos”, específicamente un “humano bueno”, pero de cualquier forma sólo limitándose a actuar como un “humano bueno”.

Título del trabajo: Cuando llevas los sentimientos de tus conocidos contigo. 
Autor: Milton R. Valtierra.

Ahora que veía la película de “Zootopia”, noté en una escena un problema curioso: uno de los personajes principales relata una vivencia traumática que tuvo de niño al querer unirse al equivalente de los “Boys scout”, o ese grupo social para niños que les ensaña a desarrollarse en la naturaleza, y lo que me llamó la atención fue una parte donde se menciona que su madre había ahorrado lo suficiente para comprarle el uniforme; a mí siempre me ha parecido una escena muy conmovedora, aunque algo dolorosa por el desenlace final, pero finalmente hoy noté por qué sentía eso: indirectamente, cuando la madre del protagonista ayuda a su hijo con su sueño, podía notar que, de alguna forma, ahora la esperanza de ella estaba en que se cumpliera la de su cría, que las ilusiones del niño llevaban consigo sin saberlo las de su progenitora. Con esto no sólo me parecía más claro por qué tenía esa sensación cada vez que veía esa escena, sino que también con ello puedo entender mejor por qué en algunas ocasiones con las cosas que se heredan, se regalan o se crean hay una situación emocional que rebasa a una sola persona. Es darse cuenta de que, aunque no sea realmente visible, en una acción u objeto hay muchas personas involucradas, incluyendo las situaciones o contextos que todos ellos vivieron, por lo que, de alguna forma, podemos decir que entretejen a esa acción u cosa sus propias emociones.

Título del trabajo: ¿Qué es la libertad?
Autor: Liuva Sustaita.

La libertad es un tema complicado, por decir poco. Creo que es de esas cosas enigmáticas en las que todos creemos sin saber bien ni qué queremos decir con la palabra ni cómo estudiarla. ¿Alguien ha visto alguna vez a la libertad? ¿Alguien la ha medido? Escapa a todo procedimiento científico. Y ya que lo hace, intentemos descifrarla con otros medios. ¿Quizá con una revisión histórica? La palabra libre significa originalmente “miembro del pueblo”, porque son dichos miembros quienes tienen todos los derechos, a diferencia de los esclavos de otros pueblos conquistados. ¡Ah! ¡Qué alejada está de nuestra concepción de libertad! Aristóteles también consideraba libre al miembro de su pueblo en oposición al bárbaro esclavo. Pero esto nos ofende en nuestra búsqueda por esa libertad bondadosa, por la que se da la vida, derecho humano universal. ¿Qué libertad es esa? ¿Qué queremos decir? ¿Acaso es la libertad de las revoluciones? Ah, el dulce momento de la historia en que el injusto es juzgado y … asesinado y nada, o casi nada, cambia. El cuadro de La libertad guiando al pueblo es, bien visto, un cuadro un poco cruel. “Libertad es hacer lo que yo quiero”. ¿Qué ocurre cuando los deseos se oponen? Quizá yo quiero golpear a aquél paseante y él quiere conservar su integridad física. No sabe que soy libre. Una libertad así sería en realidad la misma enemiga de la libertad. Tampoco parece una buena idea. Que la libertad es la capacidad de decidir por nosotros mismos, es algo que no se puede demostrar que exista, nos dice el respetable filósofo alemán Kant. Yo no sé qué sea la libertad, y por eso pregunto de nuevo: ¿Qué es la libertad?

Título del trabajo: Tristeza y felicidad en el arte.
Autor: Liuva Sustaita.

Mucho tiempo leí poesía moderna en varios idiomas: francés, inglés, alemán, español. En general me parecía una literatura nostálgica, y su tristeza llegó a iluminar mis noches como el tenue resplandor de una vela. Hay un género de poemas en que se expresa el arrepentimiento de haber sido un escritor. Existen además poemas en que se lamenta la vida, el amor no correspondido, la finitud humana, etc. La enorme cantidad de ellos permite la omisión de algún ejemplo. Tiempo después, cuando emprendí el estudio del latín, me di cuenta de lo alejada que era la tristeza para esa literatura. Se puede mencionar la tristeza en algunos pasajes, pero su presencia nunca es tan real como en los poemas de Jorge Manrique, de Hölderlin, de Herman Hesse, de Chateaubriand, de Petrarca. Solía además considerar a Nietzsche un gran escritor. De entre las prosas modernas, la de Nietzsche es sin duda una de las más vivas y más llena de artificios retóricos, pero al compararla con la prosa latina de Cicerón o de Salustio, al compararla con la prosa griega de Aristóteles, las oraciones de Nietzsche aparecen llenas de gritos inmaduros. Si hay algo con un valor primordial – y lo mismo ocurre con Goethe – no es la forma del discurso, sino algunas ideas que, a pesar del estilo, mantienen su fuerza y originalidad. Lo clásico de la literatura latina es, me parece, una apacible claridad en la que no existe la tristeza, sino la calma y una pasión por el trabajo. A partir de este descubrimiento suelo considerar las obras de arte (canciones en el radio, películas, pinturas) a partir de qué tan feliz o triste me siento frente a ellas.

Título del trabajo: ¿Dónde sientes ira? 
Autor: Milton R. Valtierra.

Una vez estaba ridículamente enfadado porque se me olvidaron las llaves de mi casa adentro de ésta, y lo noté cuando ya había regresado de clases. Tuve que ir al centro a buscar algún familiar que me prestara una copia de las llaves porque si los esperaba llegarían hasta en la noche.

Durante todo el camino hasta la parada del camión no dejaba de maldecir y de estar diciendo cosas como “Si hubiera hecho tal…”. Sin embargo, una vez dentro del camión, de repente consideré simplemente una pregunta: ¿Dónde siento ira? No podía ubicar la ira en alguna parte de mi cuerpo como lo puedo hacer con el frío, o el hambre, o el dolor. Simplemente no estaba en el cuerpo esa sensación. Así, de alguna forma extraña, se me ocurrió que las emociones no se pueden sentir como tal, sino que sólo podemos “vivirlas”, en el sentido de que se manifiestan según interpretamos una situación, en cuanto a qué está pasando y qué espero que realmente pase; la emoción de la ira, el miedo, la felicidad, etc., son cosas que se presentan en nuestras ideas, por cómo estamos interpretando el mundo, y no son algo que a fuerzas ocurra al ver algo o vivir algo, por ejemplo. Las emociones surgen de nuestras ideas, de la razón. Una vez que terminé de pensar en dicha cuestión – consideración que abarcó la mitad del camino de ida – el resto del viaje ya no estaba enojado, pero me sentía muy extraño. Sabía que tenía todo el derecho de estar enfadado, pero ya no lo estaba.

Título del trabajo: Sobre el caos de la organización en las sociedades.  
Autor: Milton R. Valtierra.

Me encontraba viendo la película de “Zootopia” y, en una de las escenas, la protagonista que se desenvuelve como policía logra obtener un caso a partir de la influencia o presión de una iniciativa del gobierno de la ciudad, aunque el jefe de la estación de policía estaba en contra de eso.

Por alguna razón al ver este momento no pude evitar dar cuenta de que, de hecho, ahí se mostraba la lógica con la que opera toda organización social bajo la democracia en occidente: realmente todas las propuestas, leyes, servicios y demás están basadas en las necesidades que la mayoría de los votantes señalan (sean realmente necesidades serias y pertinentes, o alguna consideración en realidad mal justificada o exagerada), y lo que hace eso problemático es que cada ciudadano se enfoca en las problemáticas de su contexto (las de su trabajo, su situación económica, las de su comunidad, etc.) y se les exalta a únicamente centrarse en eso para que puedan desarrollar sus actividades de la manera más efectiva posible, causando que el desarrollo general de la ciudad siempre sea de “caos”, o al menos que parezca que nunca se logran resolver las cosas, porque todo el sistema se mueve bajo un mar confuso para todos sus involucrados que nace del choque de todas las enormes variedades de situaciones en la ciudad que, de alguna forma, se arma en una muy confusa imposición que no se sabe de dónde surgió. Por esto mismo para el jefe de policía era un fastidio que por esa propuesta del alcalde se asignara a la protagonista ese caso, ya que parecía que ellos no tenían ni idea de la situación y de todos modos él no podía hacer algo al respecto. En esta escena se daba cuenta de cómo la ciudad sufría en su organización por lo caótico que es coordinar tanta variedad de situaciones que no se relacionan del todo entre sí, de lo psicótico que es moverse bajo la opinión popular cuando hay demasiada gente para que sea realmente práctico mantener la idea de que hay una voluntad del pueblo común a todos, o que al menos dificulta mucho llevar a cabo ésta.

Título del trabajo: ¿Cuáles son las preguntas que, por ser humanos, nunca nos abandonarán?
Autor: Milton R. Valtierra.

Mientras veía en la televisión la película de “Zootopia”, noté una cosa interesante: varios de los personajes consideran que está en sus genes el comportarse como animales salvajes, a pesar de que éstos se comportan como los seres humanos.
Sin contar la obvia característica de que esa idea surge de nuestras valoraciones antropológicas, da muestra de un problema interesante: al ser los personajes seres reflexivos, es inevitable que se pregunten por su propia existencia, cosas como “¿de dónde vienen?”, “¿qué es lo que pueden y no pueden hacer según su especie?”, “¿hay una especie mejor (y peor) que las otras?”, etc. Y esas son las mismas preguntas que, como especie, siempre nos hacemos.
Esto no es tan raro como parece. Es, de hecho, lo más coherente del mundo, ya que toda nuestra existencia está basada en “ser humanos” y, así como en la película de “Tarzán”, entonces nos enfocamos en saber cómo es ser humano. Sólo que saber esto es más difícil de lo que parece. Intentamos contestar esto a partir de cómo las personas que nos rodean se comportan, en qué creen y no creen, lo que les parece bueno y malo, etc. Todas esas cosas que nos guían o nos ayudan a definir cómo es la vida en realidad responden a las mismas preguntas que los personajes de “Zootopia” tienen, que se resumen básicamente en la cuestión de “¿Qué implica ser humano?”.
Es una cuestión que siempre nos perseguirá por el simple hecho de existir, y que no será tan fácil de contestar porque toda forma en que podamos vivir es una respuesta válida al asunto, lo que nos causa confusión porque queremos una respuesta clara y sólo nos encontramos más dudas.

Título del trabajo: ¿Qué tan abstractamente nos han educado?
Autor: Milton R. Valtierra

Estaba viendo la película animada de Disney de “Tarzán”, y me llamó la atención la escena musical en que se muestra cómo los exploradores británicos estuvieron enseñándole a Tarzán sobre la cultura occidental, específicamente porque para muchos de esos conocimientos solo se disponían de grabados y no había forma de dar cuenta directamente de muchos de los temas. Por ejemplo, al hablarle de las ciudades de Londres a Tarzán, éste solo podía creerles en base a las imágenes que le proyectaban y lo que le podían comentar, pero como tal nunca pudieron justificarle que eran así.
De esta forma, me pregunté qué tanto de mis clases en primaria, por ejemplo, no fueron así: nunca vimos como tal los diferentes biomas que aprendimos, todos los animales que estudiamos, ni siquiera pudimos mirar por un telescopio para ver los planetas de los que estudiamos.
Con esto en mente se me ocurría que mucha de la estructura de la educación requiere que los alumnos tengan fe en que las cosas abstractas que se enseñan son reales, tienen que dar chance de considerar que de verdad existe un lugar llamado Europa donde hay muchos viejos castillos, por ejemplo, aunque realmente nunca se les compruebe esto. Y cuando ocurrieron estos movimientos de conspiración de que la Tierra era plana y cosas por el estilo, me parece que podría tener una raíz en esto porque, si ponemos en duda alguna de esas cosas, si ya no damos chance de considerar que los conocimientos abstractos que tenemos son reales, la gran mayoría de cosas que nos han enseñado se caen o ya no tienen sustento porque, precisamente, dependían de esa poquita fe o chance que se les daba.

Título del trabajo: Cuando la realidad es una sopa instantánea.
Autor: René Brondo Ricárdez

¡Instantánea y comprimida; tan rápida que no pasa el tiempo! Así es la vida hoy. Se vive la noción de una existencia apurada. ¿Será que todo se resume a ser un dato de una Gran Máquina? ¿Se debe actuar como uno de sus engranes que avanza a toda velocidad? ¿Y para qué? ¿Para que crezca la economía, para encontrar bienestar social? ¿Acaso no se pierde la paz por buscarla?
Cada etapa de la historia de la filosofía encierra una perspectiva central de qué es la realidad, qué es el ser, qué es la existencia que se percibe frente a las personas. En un momento, la realidad filosófica fue la búsqueda de un principio material del mundo; más tarde, Dios fue el centro de dicha reflexión. ¿Hoy? El siglo XXI concibe una vida apurada, como un mundo ahogado en la depresión. Su compensación es negarse a confrontar la decadencia de la modernidad. El ciclo de vida es trabajar, consumir, trabajar, consumir… Y desfallecer.
La realidad se expresa en términos de un acontecer acelerado, donde el conocimiento se comprime en datos de información que todos ignoran, hasta que consultan al oráculo contemporáneo que está en el celular. El ser que ahora se concibe recuerda a una sopa instantánea de sabores artificiales, con pasta que no es pasta, pues todo es simulación; que se calienta en un santiamén, porque así hay que laborar; que se comprime como las toneladas de contaminación, como la sabiduría escondida en la tecnología. Las relaciones afectivas, sufren lo mismo: un amor efímero.
Comida rápida, pensamiento estancado. Existencia a toda velocidad como Maruchan o Nissin. Y la realidad, la concepción que ahora se observa en el mundo occidentalizado, es una sopa instantánea. “Enjoy your meal”.

Título del trabajo: ¿Cuánto quieres que valga tu madre?
Autor: Milton Valtierra.

Me encontraba leyendo un texto que me pasó un amigo, y en éste hallé un ejemplo sobre problemáticas morales donde se hablaba de cómo reaccionarían las personas si se les ofreciera mil, diez mil, o un millón de dólares por cada uno de sus hijos. De inmediato recordé un problema o una situación que se me ocurrió cuando me intentaron extorsionar por teléfono con el falso secuestro de mi progenitora.
Si me volviera a encontrar en esa situación, pensé, le mencionaría al extorsionador que odio el capitalismo por ponerme en difíciles situaciones, pues me agrada que me digan que mi madre vale diez mil pesos, pero me resulta igualmente molesto, porque no la podré recuperar; aunque tampoco me agradaría que sólo me pidieran diez pesos por ella, aunque estaría feliz por poder recuperarla. Y me gustaría concluir preguntándole al extorsionador cuánto le agradaría que valiera su madre, cómo sería una madre de cien mil pesos, y qué importaría recuperar una madre si se pudiera comprar otra.
Al recordar esto, seguí con la reflexión como si fuera un monólogo y me encontré con una idea que me pareció interesante: al poner algo en el mercado, indirectamente estamos diciendo que esta cosa vale algo, y su valor está en relación con la comparación de éste con sus semejantes; es decir, ponerle precio a algo es admitir la comparación de cosas, donde una será mejor que otra sin importar qué objeto sea y con qué otros se comparen.
Al final me quedé con la duda abierta de si esto mostraba cómo el dinero alienta a que las personas sean siempre prejuiciosas y quieran compararlo todo, pensando que hay mejores que otros, o si podría ser que el problema está en que nosotros como consumidores pusimos todo a la venta sin darnos cuenta de sus consecuencias.

Título del trabajo: El poder psíquico del dinero. 
Autor: Milton Valtierra.

Un amigo me pasó un video donde el comediante Franco Escamilla hablaba por medio de una videollamada con un brujo y un chamán sobre algunas consideraciones acerca de la perspectiva religiosa que los indígenas tienen acerca de ciertas plantas como el peyote, y en qué consisten sus ceremonias con este recurso.
En algún momento su plática derivó en la mención de anécdotas que el chamán tenía de cómo visitó otros lugares por medio de intercambios culturales por artesanías que él hacía, donde había lugares que se desenvolvían de una manera muy humilde, básicamente siendo pastores. Por estos momentos, Franco comentó una duda que tenía sobre cómo considerar el dinero, y en el desarrollo de su pregunta menciona algo acerca de que “tener dinero en el mundo capitalista es de las mejores cosas que te pueden pasar”. En ese momento ignoré a dónde quería llegar Franco con su pregunta y me quedé pensando que, en realidad, de las mejores cosas que te pueden pasar es poder convencer a la gente de hacer lo que quieras.
Desarrollando un poco la idea me di cuenta de cómo llegué a eso: indirectamente noté que lo que hace el dinero al intercambiarlo por productos y servicios es algo así como “convencer” a la gente de darte o hacer cosas por ti. Tiene la apariencia de darte la posibilidad de “controlar gente”. Sin embargo, el control mental sólo se logra con el poder de un psíquico, hasta donde alcanza el dinero es a “convencer”, y si lo diferenciamos así, podemos dar cuenta de por qué parece que el dinero controla a la gente: porque ellos creen que se puede usar para “controlar”, pero si se ofrece dinero a alguien que no se puede “convencer”, entonces todo su poder se ve destruido.
El poder de control que parece que el dinero tiene está basado en nuestra creencia de que efectivamente hace esto, pero cuando dejamos de creer y no nos convence más, entonces vuelve a ser un colorido pero inútil pedazo de papel especial.

Título del trabajo: ¿Cuándo el niño que gritaba “Lobo” deja de mentir? 
Autor: Milton Valtierra.

De repente me acordé de una vez que mi hermano me mintió sobre un episodio de una caricatura que veíamos. Durante un tiempo alrededor de ese suceso no le creí cosa alguna que tratara de series o programas. Luego, súbitamente, recordé la historia infantil del niño que grita “¡Ahí viene el lobo!” como broma para asustar a los aldeanos, hasta que realmente viene el lobo y nadie le cree al infante, y creo el animal se lo come o algo así. Con eso me llegó la siguiente duda: suponiendo que el niño sobrevive y aprende su lección, ¿cuándo volverían a creerle los aldeanos? En el caso de mi hermano, llegó un punto en que simplemente me dijo: “Eso fue hace mucho, ya supéralo”, pero creo que mi posición sería la misma de los aldeanos de tachar al niño, y en mi caso a mi hermano, de mentiroso, haciendo que las personas tachadas con esta característica nunca puedan salir de ella, porque sin importar lo que digan, ya no se les acredita verdad alguna.
Se me ocurrió que la única forma de remediar eso sería que alguien de confianza asegurara a los demás que la persona caracterizada como mentiroso ya sólo dice la verdad, pero me pareció esto muy problemático, ya que me señalaba que una persona no podía salir de los prejuicios por uno mismo, sino hasta que alguien ajeno interviniera podría hacerlo, y no habría de todos modos garantía de que ese ajeno haga eso como tal, sino que podría simplemente esclavizar a la persona marcada con la falsa promesa de “si haces tales cosas, yo les diré a los demás que ya dices la verdad”.
Se me ocurría que salir de un prejuicio es realmente complicado, porque como tal uno no puede hacer nada ante los ojos de los demás, y eso se mantendrá hasta que alguien decida dar una oportunidad al afectado de mostrar que ha cambiado, sólo que para eso se tiene ya que salir del prejuicio. Mientras los demás crean en el prejuicio, uno está condenado a nunca salir de éste porque no puede hacer algo por sí mismo para quitárselo, y sólo cuando los demás deciden dejar de creer en eso, es cuando uno puede liberarse de su marca que como tal no está nunca en uno, sino en los demás.

Título del trabajo: La tristeza y la pobreza de la música de banda.
Autor: Milton Valtierra.

Desde inicios de la cuarentena he tenido que escuchar música de banda por parte de los albañiles que están trabajando en la casa de al lado, que para mí era un problema no sólo porque me despertaban en la mañana los días que me dormía muy tarde, sino también porque ese género de música no me agrada.
Con el paso de los días, inevitablemente llegué a prestar atención a la letra de alguna que otra canción. Aparte de encontrar alguno que otro problema lógico en las cosas que decían, también me di cuenta de que ese género es muy pobre, en el sentido de que su abstracción – es decir, el límite al que aspira imaginar y soñar – está reducido al día a día. Por comentar algunos ejemplos para comparar, he escuchado canciones que hablan de libros como “El señor de los anillos”, que usan juegos poéticos para describir una emoción, que sólo usan o procuran usar únicamente palabras que empiecen con “ch”, o que simplemente son sarcásticos con respecto a alguna idea social. Pero los temas que escuchaba en las canciones de banda eran simplemente los que comúnmente ocupan la mente de la gente, como hablar la fatiga del trabajo, el sueño de dinero y lujos, la necesidad de ir a beber lo antes posible, etc., cosas que ni siquiera tienen muchos adornos poéticos. Parecería que es un género que se limita a narrar las cosas que cualquiera diría y escucharía habitualmente en el día a día con una música de fondo, sin agregarle nada más.
Después de pensar eso, sentía que es justo la música que uno podría escuchar en un bar: me parece que la música de banda es muy pobre y algo triste, porque expresa el límite hasta el cual un adulto se permite imaginar y soñar, un adulto que soporta la vida un día a la vez; la música, algo inherentemente de soñadores, que en ese mundo se permite es esa, una que no imagina tanto, porque “los sueños son cosa de niños que no saben del mundo”. Desde ese día, el sonido de los instrumentos de esas canciones me pareció “rasposo”, justo como uno podría sentir el asco de la vida con un vaso en la mano diciendo “al menos tenemos esto para pasarlo”; es la música para los tragos amargos que, al menos, nos permiten reírnos de nuestra miseria de vez en cuando.

Título del trabajo: Lo que el tío Iroh quería enseñarle al príncipe Zuko. 
Autor: Milton Valtierra.

En algún momento hablaba con un amigo sobre la sensación que genera la auto reflexión. Él comentó que se sentía como se describe en la caricatura “Avatar, la leyenda de Aang”, donde uno de los personajes sufre una especie de enfermedad o malestar al decidir dejar de actuar como él solía hacerlo. Ese personaje se llama Zuko, y quien le exalta a dudar es su tío que siempre lo acompaña, o al menos la mayor parte de la serie, cuyo nombre es Iroh.
Durante buena parte de la serie, Zuko sigue las órdenes de otras personas pensando que con eso alcanzará la felicidad y la redención, ya que lo habían expulsado de su país por un incidente, y fueron estas personas ajenas las que le encargaron una tarea casi imposible, prometiéndole que, si lo lograba, lo perdonarían. Sin embargo, su tío Iroh siempre quiere hacerle ver a Zuko que no debería creer eso, porque esas personas no le cumplirán esa promesa.
En relación a eso, estaba reflexionando y me encontré con unas viejas ideas mías que me recordaron a esa plática con mi amigo, y encajaban muy bien con la escena de la caricatura que mencionamos, por lo que decidí comentarle esto a mi amigo:
Me gusta tratar la distinción entre “amor a los otros” y “amor propio”. El primero es cuando se tiene asegurado quién se es y sólo se busca lo que se quiere, donde el quién se es está dado por el sentido común, y lo que se quiere se deduce del anterior (nos dicen que somos humanos, mexicanos o de otro país, varones o hembras, adultos o niños, etc., y debemos querer las cosas que nos corresponden a esas consideraciones), mientras que el segundo es cuando se asegura lo que se quiere pero se busca quién se es, que es cuando uno se hace cargo del peso de su existencia (lo que buscamos es ser buenos, mejores, felices, etc., pero con eso comenzamos a preguntarnos cómo lograr eso, qué es lo que nos parece conveniente y si eso coincide con nuestras ideas, desde dónde comenzamos a buscar, y ahí delatamos que no sabemos quiénes somos y que comenzaremos a conocernos porque partiremos desde nuestras experiencias que contradirán o no encajarán con las creencias que el sentido común nos había dado).
Y lo curioso es que esta descripción quedó muy bien con las preguntas que el tío Iroh le hizo a Zuko para que pueda amarse a sí mismo en vez de amar a los otros: “-¡¿Es ese tu propio destino, o es el destino que alguien más ha tratado de imponerte?! Te lo ruego, príncipe Zuko, es hora de que mires en tu interior y empieces a hacerte estas dos grandes preguntas: quién eres, y qué es lo que tú quieres.”

Título del trabajo: Dime qué vas a hacer cuando seas grande
Autor: Gerardo González Aviña.

Sin duda, todos tenemos cierto problema con saber a qué nos vamos a dedicar para el resto de nuestras vidas.
Sabemos que estamos creciendo cuando elegimos cierta carrera al tratar de identificar un trabajo que nos llene, pero esta “pequeña” decisión conlleva una combinación tanto de miedo como de ansiedad, aunque también de introspección y paciencia.
Hablando como estudiante, a veces pienso sobre el rumbo de mi vida, casualmente los domingos en la tarde mientras leo un libro solo por cumplir una tarea, dudo sobre la felicidad que me provoca hacer lo que hago, si tardaré en encontrar un trabajo decente al titularme, o si realmente quiero dedicarme a lo que tengo pensando, pero también recuerdo que no soy el único con estos pensamientos.
En la modernidad se piensa que nuestros intereses encontrarán una forma de externarse de tal manera que otros los consideren útiles, de paso que logramos mantenernos con cierto salario; una gran ambición muy noble y respetable por la astucia que necesita. Sin embargo, recientemente ya no se busca solamente tener un gran sueldo, también queremos sentirnos felices en donde trabajemos, cómo podría ser encontrar un lugar en donde aliviemos el sufrimiento de las personas o las ayudamos a vivir mejor.
El camino para lograr este objetivo es uno lleno de crisis: uno puede sentir envidia de aquellos con quien estudia o trabaja, tenemos inconscientemente una predisposición cultural y familiar por los trabajos “buenos”, no nos animamos a cambiar de una carrera o trabajo del que ya no estamos aprendiendo por el miedo a ofender o decepcionar a nuestro círculo de amigos, pensaremos que nuestros talentos no son reales porque no nos dan dinero o porque sean solamente “hobbies”, entre otras.
Pensar sobre estos problemas no solo es poco aceptado socialmente, sino también humillante para nosotros mismos por reconocer las oportunidades que hemos perdido o las preguntas que hemos evitado hacer, pero es más empático con uno mismo permitirse admitir que no tenemos en un primer momento la maestría para pensar estas cuestiones, pues nos estamos perdiendo la mejor parte de nosotros al evitar todas las posibilidades que nos ofrece la vida adulta, ya hemos pasado mucho tiempo queriendo enorgullecer a nuestros maestros o padres como para no saber que cada momento de duda es, potencialmente, una verdad que espera salir a la luz.
Nada de esto es extraño, son agonías de la modernidad que no merecen juzgarse como neuróticas por los demás, no son “carreritas” de a ver quién consigue esto primero, solo hay que darle tiempo a estas necesarias crisis porque el verdadero éxito no es lineal.

Título del trabajo: ¿Qué queremos decir cuando decimos que algo es claro?
Autor: Liuva Sustaita.

El año pasado hubo un cambio en la señalización nutricional de muchos alimentos. La nueva propuesta, que se anunciaba como un “etiquetado claro”, tuvo gran difusión desde el inicio y fue aprobada por muchos. Yo había adquirido el hábito de consultar el etiquetado previo, y había notado con sorpresa que, en otros países, dicha información faltaba en el empaquetado de los productos. Para quien no lo recuerde bien, aquí hay una imagen que sirve de ejemplo, y donde se puede leer el porcentaje de grasa saturada, de otras grasas, de azúcares totales y de sodio contenido en el envase de acuerdo a la cantidad de nutrimentos diarios recomendados.

Así, cuando compraba galletas, pensaba en cuál era mi dieta de aquel día y qué cantidad de galletas podría comer para estar (sin querer ser muy preciso) dentro de los porcentajes recomendados. Además, descubrí muchas diferencias entre marcas de galletas, entre marcas de papas, y entre sabores dentro de esas marcas. Si no recuerdo mal, los Chetos contienen menos grasa saturada que los Doritos por una diferencia considerable. Con el nuevo etiquetado muchas de estas cosas se han perdido. En la imagen no sólo falta la información de las grasas no saturadas, sino que la única información ofrecida es que hay un “exceso” de dichas cosas.
Es fácil llegar a la conclusión de que el nuevo etiquetado es menos claro que el anterior. Un producto puede tener mucho más azucares y grasas saturadas que otro y ambos contarán con el mismo etiquetado según la nueva propuesta. Pero – y esto es a lo que quiero llegar – ¿realmente se puede afirmar que uno es más claro que el otro? ¿Para quién es más claro? ¿Para un adulto, para un niño, para un analfabeto, o para un nutriólogo? ¿En qué sentido es más claro? ¿En un sentido estético? De ser así, el nuevo etiquetado es más llamativo y puede atraer un mayor número de miradas. ¿En un sentido informativo? Eso depende de la relación que cada quien establezca con la información. Para muchos será sin duda más claro leer que tiene un exceso de azucares que leer que contiene un 30% de la cantidad recomendada para el día.
La cuestión se puede extender aún más. La filosofía moderna inició con la pretensión de ser clara y distinta. Y, sin embargo, las mismas preguntas que formulamos en torno al etiquetado se pueden formular en torno al pensamiento moderno ¿Para quién es clara la diferencia entre la res extensa y la res pensante? ¿Para quién es claro que el espacio es una intuición pura previa a toda experiencia? ¿Para quién es claro que la energía se puede calcular como la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado? Dicho brevemente ¿bajo qué condiciones se da la claridad? ¿Qué queremos decir cuando decimos que algo es claro?


Título del trabajo: ¿Y si la objetividad tiene las mismas cosas malas que la subjetividad?
Autor: Milton R. Valtierra.

Me encontraba viendo un video de una conferencia que se hizo en línea, probablemente por esta época de cuarentena, y al inicio del evento se mencionaron las reglas que se emplearían para organizarse en cuanto a los comentarios y preguntas que el público quisiera hacer.
Lo que me llamó la atención es que esas reglas eran muy claras en cuanto a que no se tolerarían preguntas o comentarios que fueran a causar una tensión (en el sentido de agresión) por no estar de acuerdo en algún tema, odio a quien expone, cosas así; y se hacía hincapié en que el objetivo era promover una exposición y discusión en términos objetivos. Lo que me brincó con eso es que la objetivad que se mencionaba estaba tan rígidamente planteada por las condiciones que habían dado de qué no se toleraría, que me pareció que, aunque uno quisiera preguntar algo sin incumplir las condiciones que pedían, todo lo que se podría compartir o hablar estaba tan limitado que parecía que, por decirlo así, sólo se podían decir unas dos o tres cosas nada más.
Era como si pidieran que las preguntas y comentarios estuvieran expresadas únicamente dentro del contexto de la química, por ejemplo, y se nota claramente el porqué pedían algo así: para evitar cualquier choque, porque la idea es fomentar la exposición del conocimiento lo más verdadero y neutral que se pueda, pero a costa de algo curioso que es el no dejar realmente muchas posibilidades de discusión o de reflexión.
Más que decir que dichas restricciones al momento de participar eran inadecuadas, yo veía que se propusieron esas reglas porque sabemos hasta qué punto las personas pueden ponerse de violentas bajo algunos temas, que están así esas reglas porque la gente se lo puede tomar demasiado en serio. Y con todo eso se me ocurrió que la búsqueda de la objetividad pura no soluciona del todo esa limitación humana para compartir ideas sin conflictos, porque la objetividad igualmente cierra tanto las posibilidades de reflexión que, de alguna forma, podríamos decir que causa lo mismo que cuando la gente se lo toma muy en serio, es decir, poniendo límites no dichos pero sí entendidos de qué sí aceptar y qué no. Deberíamos más bien buscar no dejarnos llevar tanto por nuestras emociones o, mejor aún, saber vivirlas de una manera sana, porque si logramos eso, podemos abrir un extraordinario panorama de consideraciones e ideas que la objetividad sola no puede tratar del todo, y que de todas formas siga siendo neutral y busque ser verdadero (las vivencias particulares de una persona son verdaderas, tal vez no universales, pero eso no quita que sean verdaderas, como lo pueden ser esta clase de reflexiones)
Finalmente, después de pensar todo lo anterior, me acordé de algo que me dijo una amiga después de salir de una pequeña discusión con unos conocidos: “Lástima que se lo tomen tan a pecho”.

Título del trabajo: Nosotros y el entorno.
Autor: Liuva Sustaita.

La sierra es un buen lugar para correr. La costumbre la adquirí hace poco: una forma de mantenerme activo durante la cuarentena. He aprendido que correr es una actividad que demanda una gran concentración. No es, claro, la de la lectura de un libro. Me refiero a que, mientras corres, toda tu atención gira en torno al sonido que produces al inhalar, al exhalar, al poner el pie en contacto con el suelo, y también exige observar dónde deberá caer el siguiente paso, y el que le sigue. El cuerpo, su desplazamiento inmediato, y los sonidos que dicho desplazamiento produce, son en conjunto el único espectáculo de la mente del corredor.
Una lesión fue la culpable de que, la semana pasada, me detuviera un poco antes de lo previsto y regresara caminando. Para mi sorpresa, mi relación con el entorno fue muy distinta al caminar. Podría decirse que dejé de habitar mi cuerpo para habitar el paisaje, aquellas montañas lejanas, el rumor del viento cruzando los árboles, los sonidos que se tejían al color y al ritmo pausado de la tierra. Estas cosas cobraban ahora una realidad más tangible, como una voz clara de la que había escuchado sólo un eco mientras corría. Me sorprendió pues lo distintas que pueden ser las experiencias en un mismo lugar. Tan distintas que casi duplicaban la existencia de aquel espacio. Hablaré brevemente sobre algunas cosas específicas de cada una de las dos experiencias.
Cuando se corre es en primer lugar muy notoria la inclinación del terreno, por pequeña que sea. Se puede sentir además el diálogo del corazón con la pendiente, con las piernas. Otra cosa de la que se gana consciencia de una manera mucho más precisa es de la distancia, que de manera extraña no se agudiza en forma de una consciencia abstracta, sino física, pues al ver dos caminos sabes cuál te cansará más y por tanto cuál es más largo (por ejemplo, al ver dos caminos que se unen algunos metros más adelante y tienen la misma inclinación). Al caminar, por el contrario, la consciencia de la distancia y de la inclinación se vuelve menos clara, pero hay otras cosas que comienzan a ser notorias. En primer lugar, los colores de las plantas y las piedras fueron mucho más diversos en mi camino de regreso. Había pasado por alto que el tronco de algunos de los árboles era morado, y que la superficie de algunas piedras era naranja intenso, y otras más tenían el tinte de un betabel. Pude observar también algo que me enseñó mucho como corredor. Entre las huellas que dejaban los otros pude ver las de alguien muy bueno del grupo, y vi lo diferente que eran de las otras. Un corredor se conoce por la manera en que cae. Quien apenas comienza suele caer con el talón y luego pasa su peso al metatarso interno, mientras que alguien con experiencia no cae con el talón, sino con la parte exterior del metatarso y se impulsa con la punta. Fue precisamente la huella de la punta en la tierra lo que yo pude observar mientras caminaba.
Me parece que nos relacionamos con el entorno a partir de las actividades que realizamos. ¿Qué nos perdemos del entorno por nuestras actividades? ¿Cómo podríamos cambiar nuestro día a día? ¿Cómo esto media nuestra relación con los otros?

Título del trabajo: Es distinto la vida como humano que como usuario.   
Autor: Milton R. Valtierra.

Recientemente he tenido que hacer algunos movimientos en el banco, lo cual me ha producido mucho estrés, ya que, por alguna razón, siempre he sentido muchos nervios al tener que interactuar de cualquier forma con el banco. Sin embargo, al estar preguntándome el porqué de esos nervios, me encontré con algo interesante.
Fui considerando que la lógica que sigue las condiciones de seguridad de los bancos manifiesta un carácter que podríamos decir que es agresivo, en el sentido de que, debido a que la forma de autentificar a una persona y diferenciarla de un suplantador es por medio de contraseñas y claves, me parecía que marcaba un ambiente donde el fallo humano no es aceptable, ya que equivocarse o no tener la información es una muestra de no ser la persona que dices ser, aunque lo seas.
Esto que comento no es estrictamente así, en los bancos con los que he tenido que interactuar hay muchas opciones de qué puedes hacer si se te olvida alguna clave o cosas así. Pero esto no quita que la lógica de la seguridad que se sigue exalta una vivencia relativamente distinta a la cotidiana, donde ésta la quise distinguir con el término de “humana”, y aquélla con el término de “usurario”, por las características con que se juzgan a otras personas con las que se convive.
En el caso de la “vivencia como humana”, lo quise tratar como la forma en que juzgamos a una persona por las acciones que realice, dando la oportunidad de cambiar de opinión con respecto a una persona, ya sea para bien o para mal, dependiendo de cómo esa persona cambia de actitud.
Mientras que en el caso de la “vivencia como usuario”, las acciones que uno haga ya marcan para siempre a la persona, ya que el “usuario” cuenta con un historial, o con elementos externos que lo definen, y que no pude quitarse o cambiar del todo.
Así, por poner unos ejemplos, al desarrollarnos bajo la “vivencia como humanos”, podemos considerar que se les da a las personas la oportunidad de distinguirse de su pasado si desean cambiar, ya sea que alguien quiera comenzar una nueva vida desde cero, quiera llegar a ser mejor persona, intentar algo completamente nuevo, etc. Mientras que bajo la “vivencia como usuario” se niega o limita mucho la posibilidad de cambiar, como aquellos que son arrestados y que, independientemente de qué tan ligera o grave haya sido la razón de su encarcelamiento, se les marca para siempre de tal forma que su posibilidad de obtener un empleo se reduce drásticamente.
Con esto en mente, regresando al problema del banco, consideré que la lógica de la seguridad que siguen es justo la de una “vivencia como usuarios”, la cual me causa mucho estrés por notar que es una vivencia donde fallar tiene un peso horriblemente importante.
Y lo que me pareció más llamativo aún fue notar que esta “vivencia como usuario” es de hecho la forma de vivencia más cotidiana: cualquier interacción con algún organismo, empresa, e incluso en redes sociales o cuentas en videojuegos piden alguna clase de expediente y pueden prohibirte la entrada o el uso por haber cometido un acto categorizado como un “error”, haya sido intencional o no, sin que haya muchas oportunidades de enmendar eso.

Título del trabajo: ¿Cuánto vale nuestro tiempo?
Autor: Milton Valtierra.

Ayer me encontraba reunido con algunos amigos cuando entre ellos una comentó que tenía un problema de horario en su trabajo, porque su turno había acabado y quien la reemplazaba en la tienda todavía no había llegado (y no llegó en ese día). Otro de mis amigos le comentó que preguntará a su jefe qué pasaría, porque nadie le iba a regresar ese tiempo, y precisamente por esto es lo más valioso. Al oír esto último se activó mi sentido filosófico. Entre broma y reflexión pregunté a mis amistades qué implicaría llevar al tiempo libre a la lógica del libre comercio. Aunque no le presté mucha atención por, precisamente, decir esto un tanto para fastidiar, y otro tanto por aquella costumbre reflexiva que mis estudios me han obligado a desarrollar.

No fue hasta hoy que recordé esa anécdota, y que pude ahondar un poco más en ese tema de la hipotética “monetización del tiempo”: se me ocurría que, si siguiéramos las normas de la oferta y la demanda, el valor del tiempo dependería de qué tan difícil o sencillo fuera obtenerlo. En el primer caso, el valor de este producto sería muy alto; en el segundo, muy bajo. Ahora, mi amigo decía que el tiempo perdido no se recupera, pero uno realmente no puede ahorrar o guardar el tiempo, siempre se está “empleando”, por así decirlo, sin que tengamos un control sobre él, así que la facilidad para encontrar tiempo no depende de esto, porque mientras haya humanos habrá “tiempo” que se está dando. El valor del tiempo reside específicamente en qué tan difícil es que una persona ofrezca su tiempo. Mientras sea más difícil que una persona quiera “dar su tiempo” para hacer algo, más valioso será el tiempo porque, precisamente, es difícil de obtener, y ocurre lo contrario cuando es sencillo hacer que alguien “de su tiempo”.

Fue ahí cuando pude ver lo mucho que en la cotidianidad abaratamos nuestro tiempo. Es algo que no valoramos demasiado, sobre todo pensando en las ideas cotidianas de qué tan mal visto es una persona floja, osease alguien que “no da su tiempo”, y qué tan bien visto es alguien trabajador, o que “da mucho de su tiempo” a hacer cosas. Lo que conlleva que, en conjunto con lo ya mencionado, no se valore el tiempo privado, ese momento donde lo importante no sea conseguir dinero, y tampoco sea buscar placer, sino simplemente enfocarse en hacer actividades enriquecedoras para uno mismo, esas actividades que fomenten la recreación, autoconocimiento propio, o simplemente la liberación de estrés por medio del descanso completo, el “no hacer nada”, jugar algo, divagarse o recordar cosas, etc.

Es decir que, cuando me di cuenta cuánto vale nuestro tiempo en relación a su oferta y demanda, noté que no fomentamos el uso de este “producto” para una vida sana. Su abaratamiento hace que, de hecho, toda la vida social no tome como importante el tiempo porque “no vale mucho” y cause, por ejemplo, que las jornadas de trabajo sean largas, no se valore lo suficiente el poder dormir alrededor de ocho horas al día, que sólo hasta que trabajes durante mucho tiempo se te reconozca el esfuerzo, etc. Hay que ser flojos más seguido, principalmente para volver a darle al tiempo un valor importante y, junto con ello, recordar emplearlo para nosotros mismos.

Título del trabajo: El principio de individuación en la filosofía felina. 
Autor: René Brondo Ricárdez.

(Basado en una historia real)

Fui al veterinario por una operación que no entiendo. Solo recuerdo que, antes de quedarme dormida, dieron mi información: “Chispita, gata de cinco meses, cirugía”. Lo desconcertante fue el regreso a casa. A pesar del dolor, yo quería jugar. Curioso fue que, al encontrarme con mi hermana, no se me acercaba, y cuando yo iba hacia ella, bufaba como si yo fuera una desconocida. Mi mamá me ignoró también. “Ámbar –le dijo mi humano-, no seas grosera con tu hija”. ¿Pero él sí me recordaba? Con eso de que ya nadie sabe quién soy. ¿Y qué opino yo de aquello que me hace ser Chispita? Tal vez el nombre que me pusieron es lo que me define. ¿Si me cambiara el nombre a Mittens, tal vez ahora sí me recuerden o eso alteraría mi personalidad?

Soy un gato, mi familia también, pero eso no me distingue de ella. A veces veo otros gatos, pero yo no soy ellos. ¿Soy el cuerpo en el que me tocó nacer? Creo que eso puedo ser, porque nadie tiene el pelaje tricolor con el que yo nací, ¿pero si me pintan o me decoloran, acaso no seguiría siendo la misma? ¿No se supone que las células mueren y dan paso a otro cuerpo completamente nuevo cada determinado tiempo? ¿Qué me hace ser? La angustia me corroe por el desconocimiento que aparenta mi familia felina. Tal vez soy quien yo percibo en mí misma, aunque las otras conciencias no logren captarme. Eso puede ser: Chispita es aquella construcción que he hecho de mí misma. Necesito expresar mi individualidad desde lo racional.

Los gatos también razonamos, lo saben Natsume Soseki y Hector Saki; pero mi humano decía que él, por su naturaleza, es animal racional, que eso es lo que lo hace ser y por lo que lo conocen. ¿Necesito demostrar que también pienso? Si mi hermana Coco solo pretende atacar a la intrusa que ahora soy, será tarea imposible. No me recuerda. Y, tal vez, lo que señala la individualidad no es cómo me percibo, sino aquello que permite ese autoconocimiento, probablemente una esencia.

Algunos la llaman espíritu. El problema se repite si busco la diferencia que hay entre mi espíritu y el de los demás. ¿O mi esencia es la manifestación de una voluntad particular? ¿O esta es diferente por la personalidad? ¡Pero me comporto igual y no me reconocen! ¿Basta con que yo sepa que yo soy? Eso podría sublimarme a una relación espiritual. No sé si de esa manera vuelvan a señalarme como la gatita que era desde antes de la operación. Es increíble el cambio que una experiencia, aparentemente insignificante, hizo en mí.

Han pasado dos días desde que reflexiono acerca de quién soy tras mi visita al veterinario. Coco ya se acerca a mí, comienza a hablarme pero no le agrada mucho mi olor. “Ya reconocen su aroma –dijo mi humano-“. No creo que tenga sentido, pero ahora me recuerdan porque sienten el olor que me caracteriza. ¿En eso radica mi particularidad? Lo dudo, pero me basta volver a entablar una pelea y mordiscos con mi hermana. Seguiré pensando qué es lo que me hace ser mientras contemplo al vacío, aunque esta interrogante tome su tiempo. A fin de cuentas, los felinos somos hábiles para cazar y profundos para la reflexión.

Título del trabajo: ¿Por qué dormir temprano se ha vuelto tan difícil?
Autor: Gerardo González Aviña

Todo comienza con un pequeño patrón: es relativamente tarde, aunque sabemos que tenemos cosas que hacer a la mañana siguiente, en vez de dormir, nos quedamos despiertos. Al día siguiente nos sentimos fatigados y lentos, por lo que prometemos dormirnos a tiempo o al menos en una hora que no sea la de clase, pero todo ocurre de nuevo. No es que nos sintamos llenos de energía (de hecho estamos desesperadamente cansados), sino que nos resistimos a dormir.
Durante este ciclo nos sentimos profundamente frustrados: nos insultamos con todo lo que se nos viene a la mente; aunado al cansancio vendrá toda la carga de sentirse insuficiente con uno mismo. Lo peor de todo es que la ira hacia nosotros no ayuda a cambiar nuestros hábitos, esto es una de las características más extrañas del ser humano, saber claramente que nuestro comportamiento es contraproducente pero no hacer nada al respecto. La crítica a uno mismo es de las herramientas por excelencia para motivarnos a mejorar, pero no funciona, solamente nos causa más pánico y desesperación
Una primera aproximación más amable con nosotros mismos es ver con curiosidad y seriedad la propia conducta, para luego averiguar qué es lo que quiere decirnos. No es extraño ni irresponsable preguntarnos ¿qué beneficio podríamos encontrarle al hecho de estar desvelados?, ¿por qué lo estamos haciendo? De hecho, solemos espantarnos porque parece estúpido sugerir que exista algo bueno en una acción que claramente reduce nuestra calidad de vida. Ahora bien, ¿cuál es la respuesta?
Antes que nada, es interesante ver cómo hemos valorizado el acto de desvelarse en nuestra vida: cuando éramos niños esto era emocionante, a algunos nos gustaban quedarnos hasta tarde jugando videojuegos y otros solíamos hablar con nuestros hermanos sobre temas más personales. En la adolescencia, la noche se volvía un poco más exótica porque se relacionaba al momento en que los poetas encontraban inspiración, al punto del día en que las reuniones con amigos se volvían más salvajes y los temas de conversación eran sobre nuestros sueños más ambiciosos o sobre nuestra vida amorosa en la preparatoria.
Aunque no siempre puedan tenerse esas nostálgicas asociaciones en un primer plano, lo que sí recordamos es la sensación de que dormir temprano tiene un significado de perderse una gran oportunidad, una perspectiva que contradice a un ideal de productividad en donde es más importante aprovechar las horas de la mañana. La rutina nos dice que al día siguiente hay que trabajar o asistir a clases, pero ahí estamos, esperando silenciosamente a dormirnos mágicamente aunque ya sean las 3 de la mañana.
La pregunta antes planteada implica ver esta actividad como legítima, es más normal de lo que parece no poder dormir, solo estamos en busca de algo importante, pero el problema no es qué es lo que estamos buscando, sino el hecho de no poderlo encontrar de esta manera. Los recuerdos intrusivos que solemos evocar sólo llegan accidentalmente al desvelarse, la tan inesperada inspiración de arreglar nuestra vida o de explorar nuevas partes de nosotros no está necesariamente conectada con las horas en que intentamos dormir, el profundo sentimiento sobre un amigo o un conocido, la solución a tal problema que nos surge en el día, la voluntad de ponerse a hacer ejercicio, éstas no son especulaciones que surgen cuando intentamos dormir, sino tareas de nuestro día a día que requieren ser cumplidas con la misma rutina que las que provienen de nuestro trabajo o escuela, solamente diferenciándose en que las primeras nos ayudan a restaurar nuestra mente.
Lograremos dominar el arte de dormir temprano (y descansar lo que necesitamos) no cuando nuestra irritación alcance un límite insostenible que nos haga renunciar a la búsqueda de una felicidad en la vida adulta, para luego dejarse ir en la banalidad de dormir temprano, sino cuando reubiquemos nuestros anhelos en la búsqueda de lo que siempre hemos guardado justo cuando pueden encontrarse más fácilmente: en las horas de luz y energía de un nuevo día.

Agradecimientos y Referencias: De aquí sacamos algunas ideas.

Aprovechamos primero para ofrecer nuestra gratitud a todos los involucrados en el proyecto, desde las personas que ayudaron a revisar y coordinar los trabajos que se recibían, como a aquellos que enviaron sus trabajos, ya sea que al final se hayan publicado o no.
También nos parece muy importante agradecer a los mismos profesores y libros de filosofía que constantemente nos ayudaban a ir conociendo cómo es este mundo de reflexiones y a perfeccionar nuestro camino en éste. Por eso mismo queremos anexar los nombres de algunos textos que fueron cruciales para la elaboración de los trabajos presentes o para el pensamiento de los autores, por si al leer los trabajos se despertó el interés de ver por uno mismo de dónde surgieron estas ideas.
Y finalmente agradecemos a todas las personas que leyeron estos trabajos. De verdad muchas gracias.

Alain de Botton
Boecio, La consolación de la filosofía.
Brian Garret, ¿Qué es eso llamado metafísica?
Husserl, Ideas I
Marx, Manuscritos de economía y filosofía
Stephen King, Mientras escribo.
Walter Benjamin, Comer y Crónicas de Berlín.
Zygmunt Bauman, Modernidad líquida.


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