Kant y el sentimiento de lo sublime

Por: Josué Emmanuel Ramírez Ramos
Profesor/Asesor: Dra. Mónica Uribe Flores
Fecha de creación:

Kant presenta su concepción del sentimiento de lo sublime en su Crítica del Juicio como referido a uno de los dos sentimientos del juicio estético. El otro es el sentimiento de lo bello. De ambos se encarga de elaborar un análisis, una Analítica, que permita el hallazgo de algún principio a priori que dé sustento al discernimiento como facultad mediadora entre las capacidades cognoscitivas entendimiento y razón. Kant ve en el enjuiciar a la naturaleza este principio. Y en el juicio estético este enjuiciar está limitado a hacerse sólo de la finalidad formal por medio del sentimiento de placer o displacer. Luego, se trata de un juicio de índole subjetiva, a diferencia del juicio teleológico que juzga de manera objetiva. En una primera instancia Kant se propone dar con una definición de lo bello, de manera gradual, a través de la enunciación de cuatro momentos distintos que necesariamente le constituyen. Por medio de ello, da con cuatro notas fundamentales para dicho sentimiento. Son éstas: 1) el desinterés, 2) la universalidad, 3) la percepción de la forma de la finalidad de un objeto sin representación alguna de fin, y 4) una satisfacción necesaria exigida para cualquier hombre. Así, la especificidad de este sentimiento radica en la consideración de la forma del objeto, considerada ésta como la unidad del mismo y, por consiguiente, en su finitud. Para Kant, el placer producido por lo bello lo es en cuanto que existe una concordancia entre el entendimiento y la imaginación. En estos dos puntos el sentimiento de lo sublime encontrará las notas distintivas frente al sentimiento de lo bello.

La sublimidad exigirá tan sólo tres de las cuatro notas propuestas para lo bello, a saber; el desinterés, la universalidad y la necesidad. La razón es que lo sublime, a diferencia de lo bello, tiene por objeto no a aquello de lo cual se considera su forma, sino que debe carecer de ella, debe ser informe. Esto ha de ser así porque para Kant lo sublime es lo absolutamente grande, es decir, aquello que es patrón de medida de sí mismo y que no puede ser comparado con otra magnitud. Y es por esta grandeza absoluta que la forma se pierde:

Pero la diferencia más importante y más interna entre lo sublime y lo bello es, ciertamente, la siguiente: que cuando (…) sólo y principalmente tomamos en consideración lo sublime en objetos de la naturaleza (…), la belleza de la naturaleza (…) lleva consigo una finalidad en su forma por medio de la cual, por así decirlo, el objeto parece quedar predeterminado para nuestro discernimiento. En lugar de esto, aquello que, sin sutilezas, meramente en la aprehensión, provoca en nosotros el sentimiento de lo sublime (…) puede aparecer inadecuado para nuestra capacidad de exhibición y, por así decirlo, hacer violencia a la imaginación, pero sin embargo, justo por ello, se juzgará como tanto más sublime. (Kant, 2001, pp. 200-201)

De esta manera lo sublime se presenta como en una inadecuación entre el objeto propiamente sublime y nuestras capacidades de discernimiento. Nuestra sensibilidad está completamente rebasada. Es por tal motivo que ahora entra en el juego la razón, y aquella correspondencia que existía entre el entendimiento y la imaginación no se da más y ahora pasa la razón a sustituir a éste, pues ella es la única posibilitada, como facultad que es, de dominar aquello que es informe o bien infinito. Pero no debe perderse de vista que, a pesar de este auxilio que la razón presta a la imaginación, éstas no dejan de estar inadecuadas entre sí. De la razón se sirve el hombre entonces para totalizar aquello que escapa a sus posibilidades sensibles, es decir, para encerrar lo que es infinito. Y es, de hecho, por el reconocimiento de esta capacidad tan superior por lo que el hombre es quien puede llamarse verdaderamente sublime y no los objetos fuera de él, que lo son más bien por ocasión al tan sólo suscitarle este sentimiento que tiene de su propio espíritu.

A lo dicho se puede añadir que los objetos de la naturaleza que suscitan en el hombre tal sublimidad dividen a este sentimiento según que den ocasión de lo sublime o bien como grande o bien como poderoso. Por lo tanto, referido a cada uno respectivamente, lo sublime será matemático o dinámico. Lo sublime matemático aparece cuando la imaginación se ve imposibilitada de encerrar en un todo a aquello que se le presenta como inmenso o infinito. Por ejemplo, ante la inconmensurabilidad del océano o del cielo. Pero es, como hemos dicho, por medio de la razón que el hombre tiende a y, de hecho, les totaliza, como dominándoles y trascendiendo así a un orden superior a la naturaleza. Cuando, por otro lado, se habla de lo sublime como dinámico, ahora los objetos se presentan al hombre como poderosos, v.g., fenómenos de la naturaleza como una tormenta o una erupción volcánica. Para Kant el poder es la capacidad de sobreponerse a grandes dificultades y la fuerza es, en cambio, la resistencia a ese poder. Luego, esta sublimidad dinámica se da cuando la naturaleza con todo su poder no tiene fuerza alguna sobre nosotros. Una vez más aparece el hombre como superior y dominador del mundo. En ambos tipos de sublimidad se deja ver que este sentimiento consta de dos momentos, los cuales son uno de humillación y otro de orgullo en el hombre. Éste, en efecto, reconoce su impotencia física ante la omnipotente naturaleza, pero al instante toma consciencia de su capacidad para enjuiciar sobre ella y dominarla racionalmente. Luego el placer propio de lo sublime, no es ya un placer positivo que mantiene al hombre en un estado de tranquilidad, como lo es en el sentimiento de lo bello, sino que es más bien un movimiento brusco de sus fuerzas vitales. Es por ello que Kant llama a este placer como negativo.

Para Kant el sentimiento de lo bello tiene y exige una universalidad tal que todos podemos reconocer lo bello en un objeto de forma inmediata y sin conocimiento alguno de la cosa. Pues bien, en el sentimiento de lo sublime esta capacidad universal es mitigada cuando menos en su actualidad. Es decir, Kant, en efecto, reconoce la capacidad de todos para sentir este placer, sin embargo, es una capacidad más bien potencial, que sólo puede ser actualizada no con la acumulación de conocimientos relativos a los objetos sublimes, sino más bien con el cultivo de las ideas morales, i.e., de la razón. Por lo tanto, de alguna manera, aunque es fin en sí mismo como hemos dicho, el sentimiento de lo sublime mueve al hombre además a desarrollar su facultad desiderativa y trascender el mundo de la libertad. Su homólogo, lo bello, tiende a hacer lo mismo con respecto al entendimiento. En ello se echa de ver aquella mediación que el discernimiento representa entre entendimiento y razón. Cuando este sentimiento de lo sublime se presenta el hombre, del mismo modo que el sentimiento de lo bello, ha de suspender todo interés y necesidad práctica, ha de desprenderse de su egoísmo. Luego, este sentimiento excluye terminantemente el temor o el miedo, pues dado que a lo sublime le ha de caracterizar el desinterés, estos pueden generar en el hombre una preocupación por su bienestar:

El que se atemoriza no puede en modo alguno juzgar sobre lo sublime de la naturaleza, al igual que aquel que está invadido por la inclinación y el apetito tampoco puede juzgar sobre lo bello. Aquél rehuye la visión de un objeto que le infunde espanto; y es imposible encontrar satisfacción en un horror experimentado con seriedad. Por ello, el agrado con el cese de un padecimiento es el regocijo. Pero éste, cuando surge de la liberación frente a un peligro, es un regocijo con el propósito de no exponerse nunca más al mismo peligro. Más aún, ni siquiera cabe recordar con agrado aquella sensación y todavía menos buscar por uno mismo la ocasión de volver a sentirla. (Kant, 2001, p. 220)

Sin embargo, los objetos sí que podemos considerarlos como temibles, es decir, podemos suponer que en el caso de encontrarnos frente a ellos nuestras resistencias serían absolutamente vanas. Sólo así es como puede hablarse de temor a Dios.

Bibliografía:

Bozal, Valeriano, Historia de las ideas estéticas y de las teorías artísticas contemporáneas I, Madrid: Visor, 2000.

García Morente, Manuel, La Filosofía de Kant (una introducción a la filosofía), Madrid: Espasa-Calpe, 1975.

Kant, Immanuel, Crítica del discernimiento, Edición y traducción de Roberto R. Aramayo y Salvador Mas, Madrid: Mínimo Tránsito, 2001.

Raymond Bayer, Historia de la estética, México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1965.

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