Por: Eunice Abigaíl Zavala Martínez
Profesor/Asesor: Genaro Martell
Fecha de creación:
Cuando se escribe un trabajo que, de tal o cual manera, pretende discutir el papel que le corresponde a la filosofía en el mundo que se dibuja en estos últimos años, es notorio el esfuerzo inmediato por procurar excusarla, si acaso, desde este frente que ataca su utilidad. Pasa parecido en el caso contrario; al momento de poner en duda la vigencia del papel que corresponde a la filosofía, se recurre casi de inmediato a exigirle un provecho. Esta crítica que se manifiesta en la caricaturización clásica de quien se ocupa del “amor al conocimiento” tiene su razón de ser, y pone en evidencia una crisis profunda que se vive en el ámbito de la discusión filosófica, pero también, en la sociedad que la arropa actualmente.
¿La filosofía tendría que servirnos para algo? Es una pregunta que no tiene una respuesta clara y definitiva. Algunos autores afirmarían que solo si la reflexión se eleva por sobre los sentidos, el mundo terrenal y la cotidianidad, esta puede ser considerada reflexión filosófica, mientras que otros, sostendrían que la vida misma es filosofía, y abogarían por una reafirmación de la filosofía como indispensable, en muchos ejes distintos, en los que el vínculo es estrecho e inseparable. Algunos otros habrán de reducir a la filosofía como la antesala de la ciencia, mero vestigio primitivo del poder de la razón científica y de la lógica. Por otro lado, especialmente entre los modernos, habrá quienes cuestionen esta pregunta que cuestiona a su vez por la utilidad del mundo; ¿Útil para qué? (o ¿Quién?).
La tarea de atender a esta pregunta es irresistible al entendimiento, incluso para quien ignora en general las cuestiones de la filosofía. Al cuestionar su papel, sin notarlo, se participa ya de una reflexión que podría ser considerada propia de la filosofía, una de sus más embrolladas y escurridizas, que requiere acotar una lista larga de conceptos y de una revisión extensa por la producción filosófica en la historia. Es por esto expuesto que no podría darse una respuesta, mucho menos una breve, respecto al papel que tiene la filosofía en el mundo contemporáneo sin tomarse muchas licencias, de las cuales pretendo servirme en este texto, con el propósito de responder brevemente, y en una consideración personal, a esta pregunta, exponiendo las tres dimensiones de la actividad social humana que se ven directamente afectadas por la actividad, en mayor o menor medida, de la reflexión filosófica, con la esperanza de exponer el elemento nuclear de esta reflexión que puede dar a la filosofía un lugar en el caótico desenvolver de los hechos en la sociedad contemporánea.
De la dimensión práctica.
Tendríamos que entender por dimensión práctica de la vida humana aquella dicotomía abstracta que hacemos de la actividad general del ser humano que refiere a sus actos y su realización, a pequeña y gran escala; al efecto que dichos actos tienen en quien actúa y en las personas cercanas a ellos, así como en sus iguales más distantes. Esto necesariamente engloba la actividad política y cultural de la humanidad, las aspiraciones éticas de la sociedad y la constitución de sus instituciones públicas.
La reflexión en torno a los problemas de la dimensión práctica de la vida social humana está lejos de resolverse hoy en día. Las religiones, que en otro momento ofrecían consuelo y firmeza en un mundo más o menos seguro y repetitivo, hoy no son suficientes en nuestro mundo. La ciencia, por otro lado, que prometía en otro tiempo la solución de los problemas morales, políticos y culturales del ser humano, se ha quedado corta también. La ciencia no solo no ha podido encontrar formas de superar la problemática moral, política o cultural humana, sino que los avances científico-técnicos en materia de uso bélico y en la reproducción general de la sociedad han puesto frente a la actividad filosófica nuevos desafíos. Problemas como el de las armas de destrucción masiva, la ingeniería genética, la destrucción del medio ambiente, entre otros ejemplos, difícilmente podrían solucionarse con un par de silogismos lógicos o una política económica barata. Los altos índices de actos violentos en todas las sociedades, tanto civilizadas como en “vías de desarrollo” demuestran que no ha bastado el uso de medicamentos para adormecer el malestar que experimenta la humanidad en todos lados.
Nuestro tiempo es el tiempo de la crisis en la confianza que el ser humano tenía en su capacidad moral y en la posibilidad de sus instituciones sociales, en los alcances morales del desarrollo científico y en los dogmas de fe más convincentes. En todas partes, ideas como la democracia, los derechos humanos, la libertad y el derecho a la vida digna se ven amenazados por sistemas de dominación, por maniobras despóticas de todo tipo y por la ignorancia que no ha podido ser erradicada por todos los modelos educativos inventados hasta la actualidad.
¿A qué campo le corresponde reflexionar sobre estas cuestiones? En todo cuestionamiento a la forma en que se hacen las cosas en la sociedad, en toda pregunta que haga tambalear la credibilidad o la confianza en alguna institución corrupta, en toda interrogación que cuestione valores que pretendan pasar por universales e incuestionables, hay una reflexión filosófica. Y en un mundo como el nuestro, que ha puesto en duda todos los valores, y todas las instituciones se tambalean, será necesaria la reflexión crítica que ofrece la actividad filosófica y su compendio bibliográfico desarrollado por los siglos.
De la dimensión gnoseológica.
El problema del conocimiento es algo que muchas veces, en nuestro tiempo, fuera y dentro del ámbito filosófico, se da por sentado como superado (o definitivamente cancelado). Esto resalta en quienes, de mala forma, se dedican a estudiar las ciencias naturales o formales, y se convencen de poder reducir los problemas del mundo a elegantes formas de simplificación de la realidad. Lo cierto es que la propia ciencia, en su desarrollo y su avance ha encontrado sin fin de problemas de interpretación, clasificación y categorización del mundo. La realidad de la vida ha demostrado superar todos los modelos de verdad que buscan aproximarnos al conocimiento del mundo. Estos límites están impuestos, primero, por la propia limitación de la experiencia humana, de la cual depende la producción científica en su metodología (la famosa “observación y repetición”) y, segundo, por los errores, muchas veces inadvertidos, de los procedimientos utilizados para arrebatar al mundo alguna “verdad”. Podemos decir que muchas de las disciplinas científicas hoy en día, particularmente las que prometían más, como aquellas que trabajan con teorías del todo, son las que más tiempo llevan estancadas sin dar resultados positivos.
La ciencia, en todas sus disciplinas rigurosas, carece de un dispositivo capaz de estudiar objetivamente, y de cualificar y cuantificar, además, los resultados de un estudio de los límites epistemológicos de los procederes científicos. Cuando este esfuerzo no descansa en un presupuesto metafísico, y, por tanto, necesariamente anticientífico, debe hacerlo utilizando conceptos prestados de la abstracción filosófica, de la especulación del pensamiento, del diálogo de la razón consigo misma. Esta actividad reflexiva crítica, que pone en entredicho todo lo que damos por sentado, pertenece al plano de la reflexión filosófica. Actividad que, aunque parece demoler el trabajo logrado hasta ahora, y, por tanto, contraproducente, es de hecho una aportación que permite mejorar nuestros dispositivos de comprensión del mundo, en este esfuerzo humano incesante por entenderlo mejor y transformarlo. La ciencia interroga al contenido del mundo, la filosofía plantea las maneras de hacer las preguntas y su forma.
De la dimensión estética
Si pensamos en las fronteras que tiene la ciencia frente a la comprensión del mundo, necesariamente debemos considerar la aversión que esta tiene por todo lo relacionado al campo de las emociones humanas, de su experiencia estética individual. El arte, y la comprensión de este fenómeno social humano no le compete al terreno de la ciencia, y si lo hiciera, no sería capaz de dar una explicación completa y clara de este mismo fenómeno.
Así bien, no solo el vicio cientificista pone en peligro la actividad de la comprensión del fenómeno arte, también el arte mismo peligra, en una sociedad como la nuestra, donde el consumismo y el lucro asechan constantemente a la producción artística. La prostitución de la expresión artística y los límites que se le impone al artista desde un mercado de consumidores caprichosos pero simples, han traído nuevas problemáticas en nuestro momento histórico respecto a la cuestión de la producción artística.
El arte tiene sus propias formas discursivas, internas, de protestar contra la reducción cientificista de lo artístico o su vulgarización y contención. Pero estas formas producen implícitamente y requieren, a su vez, para su enriquecimiento, reflexión filosófica. Una reflexión, de cierto modo, sin cadenas, que permite cuestionar y aprehender al fenómeno arte, problema que está lejos de representar una nimiedad para el humano del siglo XXI.

El pensamiento crítico y la vida contemporánea.
Durante el desarrollo de este texto pretendí hacer que mi exposición pudiera desenmascarar al elemento nuclear de la actividad filosófica que le otorga un lugar indispensable en el mundo contemporáneo. Si tuviéramos que dar una respuesta a la pregunta que cuestiona la “utilidad” de la filosofía en la actualidad, procurando ser cautelosos y asumiendo los límites que implica dicho intento de respuesta, podríamos decir que su utilidad recae en las posibilidades inagotables del pensamiento crítico.
El pensamiento crítico es la voz inconforme que indaga sin restricción, que, si bien se propone construir modelos de verdad que intenten dar razón de aquello que llamamos mundo, tanto el natural como el humano/social, no titubea en admitir sus limitantes, cuando se requiere pulirlos, o destruirles sin compasión cuando no merecen más que el desprecio del impulso crítico por su dogmatismo incurable.
En un momento tan confuso y acelerado como el nuestro, donde los valores, las instituciones y los modelos de verdad tambalean frente a los retos del nuevo siglo, la filosofía tiene un marco de acción mucho más amplio que la pura contemplación de mundo. El filósofo puede aportar a la sociedad más que un ermitaño con la cabeza siempre en las nubes, ajeno a los problemas del mundo. Podríamos decir que la filosofía tiene para aportar, con su rigor crítico como disciplina, tres cosas importantes:
- Respecto a la cuestión práctica, la filosofía nos cuestiona sobre el cómo nos conducimos por la vida, con nosotros mismos y con los otros, y puede fomentar el mejoramiento de la calidad de vida y del entretejido político-cultural de la sociedad.
- Respecto al problema del conocimiento. La filosofía reflexiona críticamente para el mejoramiento permanente de los modelos de verdad y los esfuerzos de comprensión del mundo natural y humano.
- El pensamiento crítico estimula la construcción de modelos para el acercamiento no reductivo al fenómeno artístico frente a las nuevas problemáticas de su producción, reproducción, distribución y consumo (o experiencia de la obra artística).
En conclusión, la filosofía está lejos de ser algo parecido a una lengua muerta, que ha abandonado el escenario social por el desuso. Al contrario, el quehacer reflexivo crítico nunca termina en un mundo cambiante, interconectado y masivo, que pareciera revelarse nuevo ante cada amanecer.