Ensayo de la obra “sobre la ira” de Lucio Anneo Séneca, Libro primero ¿La utilidad de la ira?

Por: Mayra Alejandra Ortiz Franco  
Profesor/Asesor: Dr. Beatriz Tovar
Fecha de creación:

   ¿Quién fue Séneca?

El autor, Lucio Anneo Séneca, también conocido como Séneca el Joven, fue un filósofo y político hispanorromano que nació en Córdoba en el año 4 a.C. en el seno de una familia acomodada, ya que su padre, Marco Anneo Séneca, fue un retórico con cierta fama en el Imperio Romano.

Se le dio una educación en las artes retóricas, sin embargo, él sintió una mayor atracción hacia la filosofía y la doctrina estoica. Tuvo una carrera política muy fuerte, y fue nombrado cuestor debido a ello. Esto a Calígula, el emperador por aquellas fechas, le disgustó mucho y estuvo a punto de condenarlo, pero, se dice fue una mujer próxima al círculo más íntimo del emperador la que consiguió que éste revocara la sentencia al convencerlo de que Séneca, asmático y de notoria mala salud, padecía además tuberculosis y pronto moriría por sí mismo.

La tensión se aliviaría con el asesinato de este último, pero nacería una nueva con el ascenso al poder de Claudio en el año 41 d.C., pues lo desterraría a Córcega al acusarlo de adulterio con su sobrina. Aunque en la sentencia oficial se dice que la razón fue el adulterio, varios teorizan que en realidad fue desterrado debido al poder que tenía en el senado gracias a su capacidad de oratoria.

Pasaría ocho años en exilio hasta que fue llamado de vuelta por Agripina, la esposa de Claudio, para que fuese pretor de Mesalina, y, en el año 51, fue nombrado tutor de Nerón, el hijo del primer matrimonio de Agripina. Tres años más tarde su alumno ascendería al poder, y Séneca pasó a ser consejo político y ministro. Tuvo un gran poder sobre él, y esto se reflejaría en los primeros años de su reinado, que han sido considerados como uno de los mejores periodos de la historia romana, ya que el verdadero poder recaía en Agripina, Séneca y el prefecto Burro.

Neron y Séneca

Pero al crecer Nerón fue separándose de su antiguo maestro, y, después de asesinar a su hermano, Británico, y a su propia madre comenzaría la caída de Séneca. El Emperador se dedicó a hacerse adular como poeta, músico, bailarín y deportista en actuaciones públicas, incendió Roma y arruinó el tesoro imperial. Más tarde asesinaría a sus dos esposas y a Burro, con lo cual Séneca decidió retirarse.

Sin embargo, los problemas no acabarían aquí, en el año 65 el filósofo fue acusado de conspirar en contra de Nerón para poder derrocarlo en la llamada “Conjura de Pisón” y, a pesar de que no se contaban con suficientes pruebas, fue obligado a suicidarse. Séneca accedió, puesto que al ser estoico veía la muerte como la liberación del sufrir. Se cortó los brazos y las piernas, aunque no murió de inmediato, pidió beber cicuta, pero tampoco murió. No fue hasta que lo llevaron a un baño caliente donde por fin perecería a causa de los vapores, ya que él sufría de asma.

  Sobre La Ira

La obra de la cual hablaremos fue escrita alrededor del año 41 d.C., como respuesta de una pregunta formulada a Séneca por su propio hermano, Novato, sobre si la ira es en algo buena. En aquel año Claudio asciende al poder y Séneca fue condenado al exilio.

El autor describe lo que para él es la ira, la utilidad de ésta y lo que causa en los hombres y su ausencia en los animales[1]. La define como “una breve locura”, la pasión más sombría y desenfrenada de todas, cuyo último propósito es la venganza. Sus efectos siempre son negativos. Considera que ninguna calamidad costó más al género humano, pues los asesinatos, los envenenamientos, las caídas de las naciones y diversas fatalidades se deben a ella, ya que no puede ser controlada, se nutre de maldad y nos lleva al aislamiento.

Séneca cree que el hombre no nace con este sentimiento de venganza, por lo tanto, la ira no pertenece a la naturaleza humana. Lo evidencia en su frase: “El hombre ha nacido para ayudar al hombre; la ira para la destrucción común”. Nosotros nacemos para estar en sociedad y en la amistad, cosa que la ira no permitiría, ya que busca dañar y consume todo a su paso para poder lograr su cometido.

 Los Estoicos

La escuela estoica nace con Zenón de Citio alrededor del 301 a.C. Fue durante el periodo helenístico que adquirió importancia, y entre los romanos fue la corriente más famosa. No fue hasta la muerte de Marco Aurelio que la escuela entra en decadencia.

Los romanos se enfocaron en la ética y en los problemas morales, sobretodo Séneca, Epicteto y Marco Aurelio. Aunque la escuela dividía la filosofía en lógica, física y ética. Ellos buscan vivir “conforme a la naturaleza”, aceptando lo que la inteligencia divina les mande en su camino.

La negación de las pasiones es parte fundamental de la propuesta de la escuela estoica, a la cual pertenecía Séneca. Ellos consideraban que las pasiones son fuente de infelicidad, genera los errores de la razón, ya que éstas no admiten moderación alguna. Se deben de erradicar para poder llegar a la llamada “apatía estoica”, pues aquel que sea capaz de dominarlas será verdaderamente libre y feliz.

¿La ira, una fuerza inútil?

Para terminar el libro primero, Séneca, pasa a explicar que la ira no tiene una utilidad, pues no puede ser gobernada por la razón, y una vez que ella aparece la ira no puede existir, ya que se disipa. La razón toma más fuerza y certeza cuando se aleja de las pasiones, pues el motor de la ira es inestable y vano. Nunca puede ser utilizada, pues, aunque sea en menor medida sigue siendo un mal, no importa su cantidad, su naturaleza corrosiva no cambiará.

En la obra contrapone el punto de vista de Aristóteles, quien dice que la ira es necesaria siempre y cuando sea dominada por la razón. El filósofo griego lo enuncia claramente, piensa que “el buen temple y la mansedumbre se encuentran en el término medio entre la ira y la insensibilidad a la ira”.[2]

Si se es insensible a ella, será muy fácil que abusen de ti, pues es una respuesta de supervivencia que indica una molestia hacia algo o alguien. Pero si dejas que te consuma la cólera, terminarás siendo una víctima de la pasión que te posee, ya que el iracundo muchas veces no es capaz de negar el placer que viene en la venganza. También sostiene que la ira es necesaria ya que con ésta pueden enfrentar los mayores peligros, y en la guerra es sumamente necesaria para poder lanzarse a batalla.

La concepción que tenemos sobre ella ha cambiado a lo largo de los tiempos, hoy en día los especialistas la ven como un tipo de energía, pues nos provee de fuerza para acometer tareas que nos resultan difíciles. Nos ayuda a defender nuestros derechos y puntos de vista ante los demás. Es como una señal de alarma, es natural y forma parte del ser humano, nos informa de situaciones injustas, amenazantes y frustrantes, y, por tanto, nos ayuda a buscar planes alternativos de acción para gestionar estas situaciones. La ira funciona como los jugos gástricos del espíritu que sirven para descomponer en trozos una realidad indigerible, por lo que se la considera la cuarta fase en los procesos para elaborar el duelo tras una pérdida personal.[3]

Me parece que el autor desestima el valor de dicha pasión, pero tampoco se le pueden negar los atributos negativos que ésta conlleva. Pues ella puede ayudar a movilizar a los hombres, cuando se ha perdido y la ira es lo único que te mantiene a flote ésta puede ser llevada a la voluntad, puede ser el coraje que te impulsa a lugares que jamás creíste que llegarías y a crear obras dignas de admiración. Y no sólo eso, sino que también nos despierta y es capaz de llevarnos a la justicia, aunque sea una sacudida violenta, es la emoción que nos anuncia la necesidad de poner un límite a la conducta irrespetuosa del otro que supone una falta ética.

Sin embargo, tarde o temprano debe de morir, cuando deja de impulsar sólo estará ahí para destruir. Así como puede ser constructora puede ser destructora. Si se deja demasiado en el sistema comienza a corroer, pues al no tener utilidad pudre por dentro al usuario, lo engaña con la visión de que la venganza puede tornarse esperanza. Su peligro no se puede poner en duda, pero su utilidad tampoco. Uno de los mayores ejemplos que tenemos de ello es a Aquiles, aquel héroe que fue consumido por la misma cólera que lo vio nacer.

Es como el forjamiento de una espada, la ira es un hierro ardiente que debe de ser templado por la razón, de lo contrario, ardera sin fin y no tendrá ningún propósito, sólo se consumirá a sí misma, siendo un trabajo inútil. Debe de ser martillada hasta algo mejor, algo más grande que la venganza. Si no se deja enfriar esa pasión se encargará de consumir todo a su paso, no solamente a quien iba dirigida, sino también al hombre iracundo, ya que se perderá en las llamas de una ira sin fin.

  ¿Humanos, terriblemente humanos?

Me parece que el movimiento estoico niega una gran dimensión de lo humano al negar las pasiones, al decir que la libertad se encuentra en la erradicación de ellas. Las pasiones, aquellas fuerzas que nos poseen, son parte esencial del humano, pues no sólo la razón nos distingue de las demás especies, también el sentir lo hace.

El amor, la ira, el deseo nos moldea, difícilmente podremos evitarlo. Negaríamos nuestra expresión, limitando no sólo nuestro sentir sino también nuestro saber. Si queremos conocer verdaderamente al mundo no se puede discriminar a una de sus partes más fundamentales.  Me parece inhumano el separarse de nuestras pasiones, pues son ellas las que nos avivan y nos hacen ser.

En su texto, Las Pasiones en el Estoicismo, el autor François Gagin, lo ejemplifica de la mejor manera: “En general, los filósofos griegos no gustaron mucho de las pasiones porque suelen oponer a la razón, logos. La pasión es relativa a lo singular mientras la razón a lo universal. La pasión fluctúa y cambia como la doxa, y ¿cómo podría asentarse un vivir bien sobre algo inestable como lo es, por excelencia, la pasión? Pero, ¿cómo ignorarla si ella es marca de la diferencia entre los hombres?”

José Gaos, un filósofo español más cercano a nuestra época evidencia en su obra, Filosofía de la Filosofía, en el capítulo “La Caricia”, lo que a los antiguos, y a nosotros, nos ha costado aceptar: el hombre no sólo puede, ni debe, de ser definido por la razón y el saber, sino también por su sentir. La caricia, algo tan íntimo y lleno de cariño es algo que solamente el ser humano puede dar.

La manifestación fenomenológica del amor que se comprende va más allá, es terriblemente humana, una expresión que sólo puede pertenecer a nosotros, nos forma, y eso nos demuestra que nuestra naturaleza no sólo es el saber, sino también padecer. Al separamos de nuestro sentir en busca de la libertad o la felicidad nos mutilamos, nos negamos, vamos en contra de nuestro ser e ignoramos gran parte de la existencia. Debemos de recordar que mucho antes del nous, la inteligencia divina, estaba la fuerza de Eros para movilizar al mundo.

Estoicos

Bibliografía

  • Lucio Anneo Séneca (2007) Sobre la Ira. Libro Primero. (pp. 1–13). Barcelona: Artemisa Ediciones.
  • Ira. (26/12/2015). Recuperado 27/09/2019, de https://psicologosenmadrid.eu/ira/.
  • Bibliografía: Gaos José (2008)  “La caricia” en Filosofía de la Filosofía. México: FCE

[1] En el libro primero, apartado III, aclara que los animales pueden sentir impulsos similares, pero no pueden sentir ira, pues ésta sólo existe gracias a la razón.

[2] En su obra, la Magna Moralia, p. 147, Aristóteles menciona que debe de existir un punto medio entre ser insensible a la Ira y encolerizarnos.

[3] Los psicólogos hoy en día enumeran las diferentes funciones que la ira tiene en nuestro día a día, resaltando que las emociones no son buenas ni malas y que deberíamos de aprender a manejarlas y aceptar que son parte de nosotros.

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