Por: Martín Tadeo Moya Hernández
Profesor/Asesor: Dra. Beatriz Tovar
Fecha de creación: Diciembre 2019

El contenido del presente ensayo tiene como objetivo expandir y profundizar aún más en ciertas cuestiones que Agnes Heller planteó en su afamada conferencia titulada: El falso pájaro azul de la felicidad. Como primer punto se dará un breve análisis del surgimiento del concepto de la felicidad. A su vez, se verá cómo los modelos de la felicidad fueron creados como medio para dar una estabilidad momentánea al hombre en los inicios de los orígenes del pensamiento. Después, se profundizarán en visiones totalmente polares sobre la felicidad: la aristotélica y la moderna. Son en estas dos posturas donde este trabajo tratará de profundizar aún más el ya realizado por la autora. En cuanto a la moderna, se añadirán varias cuestiones tales como el papel que desempeñan los recuerdos y su alteración para la búsqueda de la felicidad. Finalmente, se hará una reflexión donde se buscará encontrar una postura lo más estable posible.
Antes de comenzar formalmente con el tema principal, un concepto obligado para comprender todo lo que se dirá más adelante es sin lugar a dudas el de tecnhé. El concepto anterior es una palabra griega que se usa para definir a la forma correcta de hacer algo, dando lugar a que sea una palabra con una carga de orden, estabilidad y estructura. En la época antigua, todo era orientado hacia dicho concepto, se desarrollaban múltiples y variadas técnicas, para diversos usos y aplicaciones prácticas. Por esta causa, cada aspecto de la vida que parecía tender a cierto refinamiento o especialización para aumentar su productividad. Con dicho concepto, la mentalidad del griego antiguo se basaba enormemente en buscar la manera correcta de realizar cada cosa, siendo que situaciones de la vida donde parecía reinar el azar o la fortuna fueron construidas a base de una técnica, perdiendo encanto para ganar efectividad. Ahora bien, si es evidente que el arte es donde se manifiesta de forma más clara el concepto de tecnhé, puesto que es una palabra que incluso deriva de la misma, son muchos aspectos de la vida los que el griego quería refinar, descubrir la manera más correcta de realizarse. Es ahí cuando se trató de encontrar la forma más correcta de ser feliz.
Fue así que empezaron los primeros modelos para decir que alguien era feliz, muchos partiendo de un conjunto de objetivos que se debían de llevar a cabo, como si de una lista de compras se tratase. En este punto, la vida se limitaba a un periodo para cumplir determinadas tareas, siendo la felicidad la recompensa que se obtendría al concluir con dichas labores, como si fuera una analogía de la historia de Heracles y su búsqueda por la inmortalidad. De esto se puede rescatar la idea de que la felicidad es algo que el humano nunca puede dar una seguridad por poseer, puesto que primero debe haber cumplido con todos los requerimientos previos para después haber aceptado la esencia misma de la felicidad. No obstante, pese a que la felicidad no es una posesión de la cual se pueda apropiar, si es vista como un “estado”, siendo así que, habiendo cumplido todos los requerimientos, el individuo llegará al estado de felicidad, reduciéndose así la felicidad a un estado y un fin para la antigüedad.
Profundizando en la última idea planteada, la felicidad era vista como un estado, de ahí que surgiese la expresión “soy feliz”. De lo anterior se puede decir que dotaba a la felicidad de un carácter estable, pues si bien era un fin para el que se requería cumplir con determinadas condiciones, seguía siendo algo que se pudiese alcanzar, dotando al individuo del carácter “feliz” en cada una de sus acciones o emociones. Por esta causa, es importante remarcar su carácter de estado en este punto de la historia, puesto que hace notar su naturaleza estable de acuerdo a las diferentes concepciones del periodo. En suma, comparar a la felicidad con un estado da cuenta de todo lo que significa entrar en un estado cualquiera. Los cambios en la percepción en el sujeto, así como el comportamiento del mismo son elementos importantes en dicho postulado, puesto que, una persona feliz se comportará de una forma diferente a la del resto.
Retomando la idea de la felicidad como un tipo de tecnhé, el modelo más reconocido y afamado de la época clásica fue el de la eudeimonía aristotélica, la cual fue presentada de manera más clara en la Ética Nicomáquea, igualmente de Aristóteles. En dicha obra, se plantean los bienes utilitarios y los finales, mostrando cómo la felicidad es el bien máximo, puesto que es deseable por sí misma y no para usarla como medio para conseguir algún otro bien. Ahora bien, la eudaimonia no debe entenderse solo como felicidad, puesto que su significado más completo vendría siendo el de “florecimiento humano”. Y dicho florecimiento parte del ejercicio y desarrollo de la razón, puesto que la razón es el elemento distintivo del hombre respecto a los animales o las plantas, teniendo que ser desarrollada para mejorar al hombre en cuanto hombre. En suma, siendo que las virtudes nacen de la razón, ya que Aristóteles lo dice al mencionar la incapacidad de los niños para ejercer la virtud por no poseer un dominio de su razón, es importante remarcar cómo la virtud es aquella cosa realizable que parte y nace de la razón. Por todo ello, Aristóteles concluye que una vida virtuosa es la que verdaderamente pueda llegar al florecimiento del humano ya que se realizarían acciones que nacen de la razón y el desarrollar la razón es la forma máxima de florecimiento humano. No obstante, para alcanzar dicha meta, el humano en cuestión debe tener una cierta naturaleza, ser hombre y mayor, así como cierta disposición económica, puesto que un esclavo que no pueda satisfacer sus necesidades básicas no podría pensar en cosas intelectivas que le pudieran acercarse al estado que propone Aristóteles. Con todo ello, Agnes, en su conferencia, señalaba que la felicidad era un estado, donde las emociones de cualquier naturaleza no delimitaban si la persona en cuestión era feliz o no, puesto que habría de cumplir con los requerimientos objetivos que delimitan si alguien está siendo feliz. Ello versa en una objetividad que esta concepción brindaba a la felicidad, puesto que, como cualquier tema tratable, para Aristóteles no existen puntos medios, o se es feliz o no lo es.
Después de varios análisis, los elementos que hacen de la visión de Aristóteles algo sumamente criticable son: el hecho de delimitar la felicidad a un cierto grupo social, la aristocracia, así como el de mostrar cómo pareciera que la felicidad depende más de una cuestión inherente a la naturaleza que algo realizable por cualquiera. Es así que la visión que Aristóteles maneja hace de la felicidad como algo sumamente elitista, limitándola a una clase sumamente especifica (de la cual parece ser el mismo Aristóteles uno de los miembros privilegiados). En síntesis, la propuesta que maneja el Estagirita cae en carácter sumamente solipsista, en el sentido de que todo lo que se establece parece solo describir la condición en la cual vive y actúa Aristóteles. En suma, siendo que no solo limitaba la felicidad de acuerdo a las riquezas, lo cual como mínimo la limitaría a un nivel de lo meramente aristócrata, sino que diciendo que la felicidad solo la encontrarían aquellos cuya estabilidad económica se viera acompañada de una capacidad de reflexión dada por el acumulamiento de ciertos conocimientos, o lo que es lo mismo, pareciese que Aristóteles decía que solo los filósofos podían ser felices y, más específicamente, solo él. Profundizando en ello, decir que la felicidad necesita de una estabilidad económica es limitar la felicidad a la aristocracia puesto que un pobre “no podría ser feliz”. De la misma manera, las clases más bajas carecerían del conocimiento sobre conceptos como la virtud, afirmando que la ignorancia de ellos haría nula una autentica felicidad. Y si bien alguien que está ocupado en satisfacer sus necesidades básicas no se podría considerar que es realmente feliz, decir que inherentemente una persona rica y reflexiva es la única capaz de ser feliz es demasiado ideal, puesto que se dejan de tomar en cuenta ciertas condiciones que afecten el estado que se pretende alcanzar, dejando el estado económico o el conocimiento como soportes inamovibles para lograr conseguir la felicidad. Mas ello lejos de tener que ser visto como algo sumamente reprobable, fue una realidad con la que Aristóteles tuvo que adaptarse, nadie que se jacte de cuerdo puede afirmar que alguien que no le alcanza el salario para alimentarse es más feliz que quien si puede.

Pasando el modelo más reconocido de felicidad, Heller empieza a hablar de la visión moderna que se tiene de la misma. Así, se plantea cómo en el mundo moderno se ve a la felicidad como una emoción más que como un estado. De lo anterior queda por analizar la naturaleza de una emoción, pues siempre son pasajeras, momentáneas, nadie está triste todo el tiempo, y de la misma manera, nadie puede estar feliz todo el tiempo. Analizándolo de esta manera, la felicidad pasa a ser algo momentáneo y relacionable a un conjunto de emociones comunes, teniendo como ejemplo más representativo a la alegría. Además, al ser emociones son también un tipo de “énfasis” (como lo menciona la misma Heller en su conferencia); puesto que las emociones son aquello que separa unos momentos indiferentes del resto, es el énfasis en el suceso lo que lo hace destacar y, hasta cierto punto, preservarse en la memoria. De esta manera se analizan “momentos felices” en base a las emociones presentes en aquel momento, puesto que un “momento feliz” tiene su naturaleza en el hecho de haber tenido emociones felices durante dicho evento.
Como primer punto a tratar basado en el planteamiento anterior, Heller habla de las emociones que se asocian a la felicidad, siendo que todas ellas son necesariamente las denominadas “emociones positivas.” En suma, se habla que las emociones asociadas tienen emociones derivadas, lo cual origina una especie de “árbol de la felicidad” donde emociones primarias se van ramificando hasta tener múltiples emociones que nacen de ellas. Siendo así que de la alegría nazca la satisfacción, y de la satisfacción nazca la estabilidad; así infinitamente hasta tener una cantidad ilimitada de emociones que den cuenta de la felicidad. Todo lo anterior hace la reflexión sobre la cantidad tan extensa de emociones que en común crean la felicidad, siendo que pareciese que, debido a su gran amplitud, es algo inevitable ser feliz. Además, varias de las emociones derivadas pueden llegar a contradecirse o, en menor instancia, pueden presentar problemas sobre cuál es más importante, siendo que todas dan cuenta de la felicidad, pero, en pos de un carácter eficiente, alguna debe brindar más felicidad que otra.
Respecto al énfasis, la felicidad al ser vista como un conjunto de emociones presentes en un momento determinado, dotando a un recuerdo de un carácter distintivo, cabría pensar en la importancia de ello. Puesto que, al recordar un suceso uno determina la naturaleza del mismo con base a recordar las emociones presentes en dicho momento, dando como resultado que, al darle una naturaleza a un evento, este pueda mantenerse en la memoria. Lo anterior se sostiene al analizar recuerdos donde no estuvieran presentes emociones emergentes, como lo es una comida cualquiera donde, al carecer de emociones significativas, sea difícil recordar cosas básicas como lo son la comida que se consumió en aquel momento. En suma, el recordar que en un determinado momento “alguien fue feliz” podría dar lugar a reforzar la idea de la felicidad como a una emoción efímera, teniendo que hacer que el individuo se conforme con la idea de que “en algún momento fue feliz”, además de que, el hacer una afirmación de esta naturaleza da lugar a que una persona que recuerda que en un determinado momento logró alcanzar dicha emoción, no pueda ser cuestionada por otra, puesto que, si así como lo recuerdan, así debió de ser. Siendo que el énfasis del suceso afecte las nociones que se tenga de la manera en que se llevaron a cabo los eventos del mismo. Con todo ello dicho, ¿qué sucedería si nuestros recuerdos pudieran verse afectados, creando memorias ficticias o alterando detalles de recuerdos existentes?
Profundizando en lo anterior, el fundamento tiene su origen con las investigaciones de la psicóloga Elizabeth Loftus, donde habla sobre cómo los recuerdos tienden a una deformación o incluso una implantación, llegando a comparar a los recuerdos con “un artículo de Wikipedia” siendo que es susceptible a una edición y/o alteración. Tomando en cuenta dichos planteamientos, la memoria sería todo menos algo confiable, por lo cual, realizar una determinada actividad perdería de importancia en la vida del individuo, ya que se podría cambiar el significado del evento o todo el evento en sí, dando lugar a que el planteamiento de “vivir sin voltear atrás” llegase a surgir. Ahora bien, si alguien viviese con base a lo efímero del presente, cada acción que realizaría seria absurda, siendo todo menos felicidad este estilo de vida. Basándonos en las creencias antiguas donde la felicidad era un conjunto de metas a realizar, la alteración de las emociones asociadas a un recuerdo haría que, una meta que en un primer momento se asociase a conseguir la felicidad, pudiera pasar a verse como algo malo, perdiendo el significado inherente a cualquier meta a realizar. Ello se debe a que, si una meta pierde la satisfacción inicial al verse alterada en la memoria, el esfuerzo utilizado para llevarla a cabo se vuelve innecesario, cayendo en un absurdo. Es en este punto donde los modelos con base a metas y los que proponen a la felicidad como una emoción son reducidos considerablemente, puesto que la mutabilidad de las emociones presentes durante un suceso hacen que carezca de sentido realizar algo que “haga feliz” en un momento, siendo que, al recordar el suceso, este pude llegar a verse alterado hasta el punto de recordarlo como “algo desagradable”.
En añadido, se plantea la banalización de los “momentos felices” siedo que cada vez se tienen a estandarizar cada vez más y más, dejando de ser momentos especiales para convertirse en meras metas a cumplir. Ejemplos de lo anterior se pueden encontrar en situaciones como: la boda, el primer beso, el nacimiento del primer hijo, etc. Así, teniendo metas predeterminadas, la felicidad pasa a ser algo frio y sistemático, como si necesariamente se debieran de cumplir determinadas acciones para realmente considerar a una persona como feliz. En suma, dichos eventos tienen su verdadero impacto en una única realización, puesto que la intensidad de su sentimiento desaparece con la repetición. Ello se pude entender como una serie de acciones, sin repetición y con una gran estandarización. Aportando a lo anterior planteado sobre las alteraciones en la memoria, un evento estandarizado, banal, en el que aun así la experiencia del mismo podría verse comprometida al verse alterada por los azares de la memoria y su preservación, parecen limitar aún más los alcances de la felicidad como el cumplimiento de delimitadas metas.
Como último punto, la autora presenta la última instancia de felicidad, la cual puede ser resumida en un “autoconocimiento”. Lo anterior es dicho por la base de que cada persona debe, en base a su propia naturaleza, descubrir que es lo que los hace feliz, escapando así de un modelo propiamente dicho. Es esta subjetividad en el concepto lo que lo hace tan conflictivo para los diferentes pensadores, puesto que es una tarea de naturaleza introspectiva que limita el análisis de la misma. En suma, pensar en la felicidad como un autoconocimiento versa en planteamientos que van desde Protágoras, el cual bien decía “el hombre es la medida de todas las cosas.”, siendo la felicidad otra cosa más de la cual el humano tendría que hacer una auto-medida. Por todo ello, si bien esta propuesta escapa de los moldes tradicionales, es sumamente conflictiva puesto que para entender la felicidad primeramente se tiene que entender a la naturaleza de uno como individuo y, por sí solo, ello es sumamente complicado.

En sintesis, la felicidad ha versado sobre tres nociones generales: como estado, como emoción y como autodescubrimiento. En la primera se tienen que lograr ciertas metas, lo cual hace de ella algo sumamente especifico y elitista. La segunda, en cambio, es sumamente efímera y mutable, teniendo poca estabilidad que la haga merecedora de ser algo concreto. Finalmente, la última versa de un carácter sumamente introspectivo, lo cual hace conflictivo su profundización ya que cada concepción variaría dependiendo del sujeto. Con dichas nociones, pareciese que la felicidad es algo sumamente mutable, que no persevera en el tiempo y que depende de cada individuo. De este modo, la felicidad no podría ser abarcada por una doctrina o un modelo, siendo que carece de la estabilidad y objetividad necesaria para ser estudiada.
A manera de conclusión, se puede decir que la felicidad es un estado, el cual se alcanza mediante el autodescubrimiento y no mediante metas o estatutos rigurosos. Lo anterior se fundamenta en que no podría ser una emoción por la infinitud de ramificaciones que representan, además del carácter mutable y efímero de las mismas. En suma, siendo un estado, goza del beneficio de tener requisitos para ser alcanzable, pese a que al ser con base a un autodescubrimiento pueda verse como algo subjetivo. En cuanto a lo subjetivo, la felicidad tiene su origen en el individuo, por lo cual es evidente que para entender su naturaleza se tiene que entender necesariamente la naturaleza de uno mismo como individuo, razón por la cual, el autodescubrimiento es necesario para el descubrimiento de la felicidad misma. Por todo ello, la felicidad nunca será algo estable en cuanto a medios para alcanzarla, pero si será estable en cuanto a estado y en cuanto al medio inicial (siendo la introspección). Con base en todo lo anterior, la felicidad está en cada uno de nosotros y la clave versa en la máxima utilizada por Sócrates: conócete a ti mismo.
Referencias
-Platón, Diálogos, Editorial Gredos, Madrid: 2008.
-Aristóteles, Ética Nicomáquea, versión española y notas de Antonio Gómez Robledo, México:UNAM/Bibioteca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, 1983.
-Barnes, J., Los presocráticos, Catedra, Madrid, 2000.
–Conferencia magistral de Agnes Heller en la Catedra Julio Cortázar, 22 de enero de 1999, Paraninfo Enrique Díaz de León, Universidad de Guadalajara.
-Ximénez, P.(13 de marzo del 2017). Elizabeth Loftus: “Tus recuerdos son como Wikipedia, se pueden modificar”. EL PAÍS. Recuperado de https://elpais.com/elpais/2017/03/13/eps/1489405172_148940.ht