Por: María del Carmen Almanza Centeno
Profesor/Asesor: Patricia Muñoz
Fecha de creación: Marzo 2019

El presente ensayo trata sobre uno de los más grandes defensores de la fe de la historia de la iglesia antigua. San Agustín fue considerado como un potente teólogo por su ingenio y creatividad. Tuvo un comienzo difícil en la fe, pues, aunque su madre Mónica le enseñó los principios básicos de religión cristiana, Agustín se alejó del cristianismo. Su madre se entregó a la constante oración en medio de un gran sufrimiento. El mismo San Agustín se referiría a sí mismo años después como “el hijo de las lágrimas de su madre”. En su búsqueda constante por una respuesta al problema de la verdad, pasa de una escuela filosófica a otra, pero en ninguna encuentra la verdadera respuesta a sus inquietudes, hasta que por fin opta por el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y finalmente la abandonó después de hablar con el obispo maniqueo Fausto. Se decepcionó y se convenció de la imposibilidad de llegar a alcanzar la verdad. Sumido en una gran frustración personal, decide en 383 partir para Roma en donde comenzó a asistir a las liturgias del obispo Ambrosio. Quedó asombrado por sus predicas y su corazón, así que decidió romper definitivamente con el maniqueísmo. Esta fue sólo la primera fase de su conversión al cristianismo, luego vino la segunda y determinante. Una vez leyó los textos de San Pablo, la lectura le ayudó a solucionar el problema de la mediación y de la gracia. San Agustín tiene una anécdota acerca de su conversión al cristianismo en la que cuenta se encontraba reflexionando en el jardín de su amigo Alipio, pensaba sobre el ejemplo de Antonio cuando oyó la voz de un niño de una casa vecina que decía: “toma y lee, entiéndelo como una invitación divina” tomó la Biblia, la abrió por las cartas de Pablo y leyó el pasaje. Al llegar al final se desvanecieron todas las sombras de duda. El 23 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad, es bautizado en Milán por San Ambrosio.
Tras esto escribió varios textos tanto autobiográficos como filosóficos. La ciudad de Dios es una de sus obras maestras, en ella nos ofrece una síntesis de su pensamiento filosófico, teólogo y político. Fue escrita desde el 413 al 426 y la publicó en varias partes; en la primera parte combate al paganismo y en la segunda defiende la doctrina cristiana.
La ciudad de Dios es una apología que confronta la ciudad celestial con la de los paganos, San Agustín lo hacía con la finalidad de encontrar la verdad, la cual era el primer paso para llegar a Dios y el alma. Por medio de este escrito defiende a los cristianos de sus enemigos quienes acusaban a esta doctrina de todas las desgracias que estaban ocurriendo en Roma durante ese tiempo. Al mismo tiempo es una propuesta sobre una nueva forma de sociedad civil, que pretende impulsar los valores de la humanidad en virtud de vivir conforme a la doctrina cristiana.

San Agustín nos enseña con mucha claridad la existencia de dos ciudades: la ciudad de Dios y la ciudad terrena. La ciudad de Dios o ciudad celeste se encuentra en lo eterno, en lo inmutable, en aquello donde nada sufre. Esta ciudad sólo podrá alcanzarla el hombre bueno y es aquí donde nos preguntamos ¿qué se necesita para ser un hombre bueno y quién actúa según los mandatos de Dios? En primer lugar, el hombre posee la libertad de decidir hacia dónde guiar sus actos, porque el mismo Dios fue quien nos dio el libre albedrío que le da a cada uno la capacidad de actuar según su propia voluntad en la “ciudad terrena”. Dios además de brindarnos el libre albedrío, nos dio la racionalidad lo cual nos permite conocer y distinguir lo mutable de lo inmutable. Por este motivo el hombre debe ser consciente de todas sus acciones y debe guiarlas hacia la verdadera felicidad que es Dios mismo, quien es autor por excelencia de toda la creación. Sin embargo, algunos hombres se dejan llevar por la perversión de su voluntad, gozan para sí mismos de los bienes terrenos que la divinidad les ha otorgado libremente, convirtiéndose en egoístas y en viciosos del placer mundano.
San Agustín plantea que “de las cosas temporales debemos usar, no gozar, para merecer gozar de las eternas” (Libro XI, Capítulo XXV). Esta situación en la que se encuentra el hombre sobre poder decidir entre qué camino tomar, si el camino de Dios o el camino vicioso, me hace recordar la vida que llevó San Agustín antes de que decidiera convertirse al cristianismo porque recordemos que él disfrutaba como nadie de los placeres mundanos de la vida y cómo años después se lamentó hasta el cansancio por ello en su autobiografía “Confesiones”, en este escrito menciona un caso en donde se reprende una y otra vez por robar una pera cuando era joven, ya que él decía que había cometido tal acto simplemente por hacer la maldad (Confesiones, libro 2). Esto me hizo pensar en que, en cierto modo, su vida fue muy triste pues constantemente se atormentaba con regaños por los actos que había cometido años atrás, incluso llega decir que él pecó cuando tan sólo era un infante.
El leer sobre la ciudad terrena me hizo pensar sobre el mundo en el que vivimos ahora, nos encontramos en una sociedad que se ha convertido en un refugio de delincuentes contra los que se está perdiendo la guerra, un lugar en donde el delito se ha vuelto muy productivo y parece ser que no hay nada con que combatirlo. Podría dar un muchos ejemplos acerca de lo desastrosa que es la ciudad terrena pues todos los días nos encontramos con noticias en los periódicos de cosas terribles, sin embargo, elegiré uno que existió en los años 90, hablo de un movimiento llamado Inner Circle que básicamente fue una organización anticristiana formada por diversas personas relacionadas con el movimiento Black Metal cuyos principales objetivos eran erradicar el cristianismo de Noruega y organizar los grupos musicales del género que compartían una ideología nórdica, vikinga y pagana. El Inner Circle estaba formado por miembros de las primeras bandas de Black Metal noruego como Mayhem, Burzum, Emperor, Darkthrone, Immortal, Enslaved, como por muchos seguidores de estas. El Inner Circle se constituía por dos partes cada una lideradas por dos miembros pertenecientes a importantes bandas dentro del Black Metal; La primera parte sería conocida como Inner Circle Satanista la cual era dirigida por Euronymous, esta se centraba más en la erradicación del cristianismo pues él decía que “la maldita iglesia nos está oprimiendo con su amabilidad y su bondad, lavándonos el cerebro a toda la población con simpatía falsa y maldita solidaridad. Los odio a ellos y a sus iglesias. Deberíamos quemarlos” (Euronymous, 1993). La segunda parte de este movimiento era llamada Inner Circle Pagano la cual era encabezada por Varg Vikerness, un fiel creyente de las ideologías vikingas, esta parte quería expulsar el cristianismo de Noruega y reinstaurar las religiones paganas. Alrededor de 1992 hasta 1998, 52 iglesias fueron quemadas, 15.000 tumbas fueron profanadas y sus cementerios fueron pintados con símbolos satánicos por toda Noruega; entre las estructuras más importantes que fueron incendiadas se encuentran la iglesia medieval de Fantoft, cerca de Bergen, quemada el 6 de junio de 1992. Los proyectos del Inner Circle pudieron haber llegado muy lejos ya que algunos integrantes querían sacrificar a sacerdotes en sus iglesias antes de prenderles fuego, pero nunca se llevó a cabo, sólo fueron sacrificados algunos animales. San Agustín decía que la moral del hombre debe encaminarse al bien del yo y hacia el amor al prójimo. Para esto mismo, afirma que Dios aparte de los sentidos externos que le ha concedido al hombre, le ha dado un sentido interno que proviene de lo divino, el cual lo ilumina y le hace darse cuenta de que ama aquello que lo ha creado, en consecuencia, esto le lleva a saciar este vacío, esto lo logra con el cumplimiento de la voluntad de Dios. En cambio, aquel que no cumple a “Él” no alcanza la felicidad eterna, sino una que lo hará sufrir. Los jóvenes pertenecientes a este movimiento lleno de delitos y atrocidades definitivamente carecían de este sentido interno pues no tuvieron amor hacia su creador, al contrario lo detestaban y querían deshacerse de él, jamás acataron a la voluntad de Dios, por lo que quizá, existía un gran vacío dentro de ellos que trataban de llenar a base de placeres mundanos, pues, se la pasaban de fiesta en fiesta, emborrándose y anhelando constantemente la gloria y el reconocimiento, cosas que San Agustín deja muy en claro que simplemente son pasajeras y banales. Esto es muy común en la ciudad terrena; anhelar lo que pronto se irá, buscar la felicidad en vicios que te dejaran nuevamente con el enorme vacío con el que comenzaste mientras deseas volver a llenarlo con las mismas cosas mundanas.
Otra característica del Inner Circle fue querer regresar las creencias paganas, creían que los verdaderos dioses eran los de sus antepasados vikingos y deseaban regresar la religión politeísta nórdica, una religión que la proclamaban como superior al estar basada en los fenómenos astronómicos y naturales (movimiento de los planetas, ciclo lunar, el ciclo de las estaciones del año, etc.) que fue destruida y sustituida por el cristianismo como parte de la invasión cultural. Por tanto, como noruegos sentían el deber de rechazar el cristianismo y expulsar esa religión de su país. San Agustín decía de los dioses paganos lo siguiente: “Los ciudadanos de la ciudad terrena dieron la primacía a sus dioses sobre el fundador de la ciudad de santa, sin advenir que “Él” es el Dios de los dioses, y no de los dioses falsos, o sea, de los impíos y soberbios” (Libro XI, Capítulo I). Un error enorme ha sido el de los paganos al adoptar otras deidades, que fueron creadas por ellos mismos, las cuales los llevan a amar desordenadamente las cosas de la tierra, inclinándose así hacia el mal y a caer en el vicio de complacerse a sí mismos, porque lo que es obra del hombre puede cegar al espíritu impidiendo que la luz de la divinidad ilumine el corazón de la persona. Si un grupo de jóvenes pudo desatar un infierno, imaginemos lo que sucederá con toda la ciudad terrena, se irá alejando cada vez más de la ciudad celeste y se hundirá en la catástrofe, porque situaciones como la del Inner Circle son más comunes cada día.
Por otro lado, San Agustín hace consciente al hombre de que “esta vida no es más que una carrera hacia la muerte. No permite a nadie detenerse o caminar más despacio, sino que todos siguen el mismo compás y se mueven con la misma presteza” (Libro XIII, Capítulo X). De esta manera si el hombre quiere ser partícipe de “la ciudad de Dios” cuando la vida abandone su cuerpo, tiene que aprender a manejar su voluntad, aunque también para gozar de lo eterno aquí en la tierra, no debe corromper su corazón, poniendo su felicidad en las cosas breves y pasajeras, como en el dinero, el poder, el exceso en el comer y en el beber, la avaricia, o simplemente en las cosas materiales de este mundo que no están dirigidas hacia Dios, sino que más bien, tiene que fijar su mirada en los bienes celestiales, para así poder ir también gozando en la tierra de la paz en el alma y en el cuerpo, porque “la paz del cuerpo es la ordenada complexión de sus partes; y la del alma irracional, la ordenada calma de sus apetencias” (Libro XIX, Capítulo XIII). En este sentido, San Agustín pretende aclarar que el alma, la cual es una cualidad del cuerpo, es trascendente, y por tanto puede ser partícipe de lo celestial porque es incorruptible, sólo cuando ésta domina su voluntad y controla sus deseos desordenados. En efecto, dentro de esta sociedad, donde el hombre es responsable de su comportamiento y hace un uso correcto de las cosas temporales, es como se revela la política dentro de la ciudad terrenal, en la correcta visión de alcanzar la ciudad celestial, que consiste en el servicio, la humildad, la unidad y en el respeto a la dignidad de la persona en sí misma y en los otros, e incluso dice San Agustín, que la autoridad de los que tienen poder en la sociedad debe estar en función de los demás, porque “no mandan por deseo de dominio, sino por deber de caridad; no por orgullo de reinar, sino por la bondad de ayudar” (Libro XIX, Capítulo XIV), de ello que los que controlan la sociedad busquen la justicia dando a cada uno los deberes y derechos que le competen, para que así los ciudadanos se sometan a sus autoridades y a las leyes morales, mientras están de viajeros en la vida temporal. La ciudad terrenal es perversa porque tiene su bien propio y lo mundano y por lo mismo vive angustiada y anhelando la paz, la búsqueda de esa paz provoca guerras contra sus mismas partes y logran victorias que no son duraderas. La ciudad terrenal en lugar de sujetarse a Dios, es esclava de las cosas. En ella domina el abuso que anula la libertad a la que quieren llegar y oscurece la verdad cegando al hombre de manera que sólo resulta de ello la instauración de una “paz” tan frívola como la que buscan ellos a través de violencia. Por eso mientras la ciudad de Dios alcanza la realización plena y la felicidad completa en el amor de Dios, la ciudad mundana está condenada a la frustración.
En conclusión, San Agustín recomienda que si el hombre pretende alcanzar la paz y la felicidad celestial, es tarea de que desde ahora vaya perfilando su alma a la entrega desinteresada por el prójimo y al amor único por Dios que lo ha creado, porque la ciudad de Dios comienza a vivir ya aquí en la tierra, sin embargo se encuentra en una continua lucha con la ciudad terrena, ya que en ésta habitan seres que no reconocen a su creador, poniendo su felicidad en las cosas temporales, que ciegan su amor hacia sí mismos, debido a que han desviado su voluntad por caminos desordenados.

Bibliografía
La ciudad de Dios, San Agustín, editorial Porrúa, 2014.
Página “La soga”.
Confesiones, libro 2, editorial Gredos.